"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

domingo, 20 de febrero de 2011

Volando a Nunca Jamás (Parte 1)

En  un mundo, mi mundo espero a mi Peter Pan, ese chico de mallas verdes que entrara por mi ventana llevándome al país de mis sueños. Pero me estoy cansando de esperar, no aparece. Estoy harta, harta de dejar todas las noches mi ventana abierta para el que pueda entrar pero nunca venga, harta de morirme de frío por ello, harta de sentir que él simplemente se ha olvidado de mí. 
Así que digo adiós a esa Wendy que espera ansiosa dormida en la ventana soñando con que Peter entre, adiós a la niña que creía ver Campanillas por las lamparitas. Ahora esta niña irá a buscar a Peter Pan, el Peter Pan de los ojos castaños que la hace volar por la habitación. “No, esta noche no. Esta noche yo le haré volar a él. Pienso antes de salir de casa por la ventana. Bajando por la fachada de casa como una ladrona. Corriendo por la calle para llegar a tiempo a su casa, antes de que se duerma y cierre el su ventana, escuchando el sonido de la cremallera de la chaqueta, las fuertes pisadas de mis pies en esas calles vacías. Y con el ligero sonido de las olas en ese enorme silencio. 
Jadeando, un poco sudada, cansada y ansiosa llego a su puerta, esa puerta blanca pero no puedo llamar o despertare a sus padres. Miro hacia su ventana y como siempre tiene la persiana subida. Así que subo por la pared de piedra un poco salidas ayudada del canalón que sube por la pared, por suerte no está muy alto sino me acabaría cayendo. Me apoyo en el saliente de la ventana, por fin he llegado y la abro por el lado que no cierra del todo. Entro sigilosamente por la ventana, cerrándola tras de mí. 

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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