"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

domingo, 6 de enero de 2013

Empolvando sentimientos.

Boom-boom-boom-boom, es lo único que oyes en tu mente. Ese sonido retumba en tus oidos. Parece que por mucho que lo intentes, da igual lo que hagas, ese constante palpitar que parece que te va a estallar el pecho no cesa. Sabes tres cosas: no merece la pena sentir lo que sientes, es algo imposible y vas a acabar sufriendo. Entonces...¿por qué? ¿por qué somos tan sumamente estupidos que no podemos evitar sentirnos así? Has intentado meter en un rincón esos sentimientos, ya lo hiciste una vez tiempo atrás. Enterraste tus sentimientos bajo llave, en la más profunda oscuridad, dejandolos salir solo cuando estabas preparada para dejarlos ir, porque ya no dolería, ya no tendrían el mismo efecto, porque ya solo serían un recuerdo.
Así que que pasa esta vez que los encierras en un simple cajón. No. Toca meterlos en ese rincón que tan bien conoces, ese en el que el mundo es más facil, en el que eres cobarde, pero mucho más feliz, ya que verle, oirle o sentirle no hace que ese sonido inunde tus oidos y tu pecho vaya a estallar. Tampoco hace que después de ese sentimiento tan dulce, quieras llorar, que la presión de tu pecho aumente pareciendo que de tanto latir este se quiera encoger y desaparecer, al darte cuenta de la realidad. No, así no dolerá, así no sentirás, así podrás pasar página o por lo menos de renglón.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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