"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

sábado, 16 de febrero de 2013

Noches de ensueño y finales reales.

Vibra, rebota e invade su mente. Los altavoces retumban y su cuerpo se mueve. Es como si hubiera nacido para vivir así, entre las notas de dios sabe qué, entre gente desconocida, entre el alcohol, los bailes y las noches de amor fugaz. Hay gente que nace con estrella y gente estrellada, ella... ella era la estrella solo que se negaba a cumplir su voluntad.
Está noche vuelve al club, les sonrie a los puertas, saluda y charla con los de la barra, coquetea con aquellos que pasan a su alrededor. Hoy es un día de sentir, de mentir y después olvidar. ¿Quién será el afortunado que se convertirá en su principe esta noche? Tal vez el moreno de la barra con los ojos penetrantes, no demasido parecido a uno que solo quiere olvidar; el rubio del sofa, demasiado bajito; el rapado que habla con el Dj, demasiado musculoso. Aja. Tenemos ganador. Afortunado seas chico de la silla número tres.
-Ponme un cosmopolitan.-le pidió al de la barra situandose al lado del chico.
-Pensaba que eso era un mito de "Sexo en Nueva York"-bromeó la presa. "Cazado" pensó.
-Claro, por eso lo pido...-rió ella mirando esos grandes ojos negros que enmarcaban un moreno y marcado rostro. -me llamo Olivia. Oli.-sonrió ella.
-Miguel.
Durante un par de minutos permanecieron en silencio, mirandose y analizando la situación con la música de fondo. Después el camarero le sirvio su copa y tras dos largos tragos..
-Propongo un brindis.-rió Oli.-por los desconocidos.-dijo levantando su copa efusivamente con una sonrisa y una mirada de dulzura y "amame" en los ojos que hizo que Miguel se enamorase de ella.
-Por los desconocidos.-respondió cariñosamente chocando su copa con su cerveza.
Tras aquello, cuatro chupitos, dos cervezas y un beso. La acción cambio de escenario. Una casa desconocida, cortinas beis, fotos de extraños, un equipo de música, parquét y sábanas de algodón.
-Bonita casa...-dijo ella mientras se iba desvistiendo. Tiro sus caros tacones a una esquina, su camiseta negra encima de la cama, quedando con sus pequeños pantalones de lentejuelas y un simple sujetador azul.
-No más que tú.-respondió el acercandose y besandola. Una y otra vez. Quedandose sin respiración. Extasiados y apoderados de una pasión efímera. Ella le arrancó la ropa, deseosa de él, de sus besos y caricias. Acabando la noche entrelazada entres sus sábanas y sus brazos.
Cuando todo terminaba siempre se quedaba un par de minutos mirando el techo, pensando "¿querrá echarme a la mañana siguiente?" nunca se había quedado lo suficiente para saberlo. Por lo que apenas vió el cielo clarear recupero sus pertenencias, se vistió silenciosamente, se coloco el pelo y limpio los restos de maquillaje. Después como siempre, se pinto los labios. Marchandose con tacones en mano a casa.
Al despertar aquella mañana Miguel despertó confuso de no verla a su lado, ni a ella ni a sus cosas. Esperaba volver a repetir lo de la noche anterior esa misma mañana, y otro día y otro y otro. Aquella chica lo había conquistado. Era como un sueño. Pero no era suya, ni de nadie. Dejandole así solo y desconcertado. Sin embargo sabía que ella no era un sueño, le había dejado algo más que su recuerdo. Al mirarse en el espejo vió la marca de sus labios en su mejilla y escrito con pintalabios rojo en el espejo:
"Todo cuento de hadas termina. Adios mi principe."
PD:  aquí vuelve Oli con sus tacones y pintalabios. Espero que os guste. Continura... 
Un beso de la niña perdida.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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