"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

miércoles, 29 de enero de 2014

El día que la Nada conoció la Luz.

Hace tanto tiempo que el tiempo no existia el mundo era un vacio, una profunda nada. Sin embargo la Nada se sentía sola era un infinito demasiado grande para soportar eternamente su inexistencia y el abandono. De la oscuridad hizo surgir una pequeña luz que desencadeno el tiempo, el espacio, la vida, la muerte... era una luz tan preciosa que la nada no pudo hacer otra cosa que perderse en ella. La absorbio reduciendo su inexistencia del vacio a la perdicion, al olvido. La Luz lo conquisto todo, quizas fuese egoismo pero era su naturaleza, invadirlo e iluminarlo. Pero la Nada permanecio escondida, se escondio para que la luz no pudiese alcanzarla y destruirla. Se escondio en los corazones de las criaturas que la Luz creo. Si la Luz miraba detalladamente podía ver su oscuridad esparcida por el mundo. Sin embargo por mucho que tratara de erradicarla de eliminarla, ella siempre volvía a surgir. Daba igual que o como lo hiciese, siempre volvía. Su desesperación rozaba la locura, las criaturas la estaban empezando a destruir, la oscuridad y el vacio de sus corazones les invadian como una plaga eliminando lo que se interpusiese en su camino. 
Un día la Luz se encontro con la Nada, a pesar de no conocerla la reconocio igual que a los monstruos de los sueños."¿Como vuelves a aparecer? Yo te destrui." le preguntaba desesperada la Luz que cada día se volvía más pequeña. La Nada la miro con la paz que solo se posee en el vacio de la inexistencia, "pequeña, yo te cree, donde tu estes yo surgire, y al final... te destruire." Sus palabras no eran venganza, había demasiado tiempo para que lo siguiese siendo, demasiado tiempo de ver al mundo destruirse a sí mismo, de destruir la belleza que ella misma creo, habitaba en los corazones de las criaturas. Si hubiera podido sentir habría llorado y gritado, la habría mirado con temor y dolor y sentiría la tristeza de un corazon desdesperanzado. Pero no, no podía, no su culpa no poder sentir, pues total ... solo era nada.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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