"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

sábado, 12 de abril de 2014

El día que la conocí.

Mi madre había insistido en ir a ver a los abuelos. Vivían en una de estas villas de abuelos que circulan en patinete, con una gran piscina de mujeres haciendo aquagym, de hombres con gorras blancas y bañadores de los 50. A mi me resultaba entrañable hasta un punto triste. No quería ir. Adoraba a mis abuelos pero... recorrer un día de verano tres horas de viaje para llegar a "Villa Paraíso" no era el plan ideal. Por muy gilipollas que pueda sonar, es lo que soy. El día sucedió como una visita común, la abuela me abrazó como si llevásemos años sin vernos, me dió un gran beso que quedo marcado en mi mejilla, mientras el abuelo sentado en el sofá viendo la tele me soltó una sonrisa y un beso en la frente. La tarde fue una gran comilona. Batallitas. Mamá contando por treceava vez que Lindsay había sacado las mejores notas de su clase y soltando indirectas de mi falta de disciplina y decisión: "Lindsay parece ser la hermana mayor casi todo el tiempo". Por suerte mi abuelo se percató de mi agotamiento y enfado.
-Danny porqué no vas a dar una vuelta, me han dicho que hoy la playa estaba preciosa.
-Claro.
Cogí mi cámara, salí de casa y baje las cuatro manzanas que había hasta la playa. Al llegar el sol brillaba en su cenit tapado por unas juguetonas nubes, el mar estaba enfurecido y la gente paseaba tranquilamente con paz en el rostro. Saque un par de fotos, una niña y su padre jugando con la arena, una pareja mayor cogidos de la mano paseando por la orilla, unos chavales jugando al fútbol, otros persiguiéndose, el socorrista ligando con una rubia de pechos enormes y cara de ángel. Me quede sentado en una toalla haciendo más y más fotos del mar y aquellas pintorescas escenas. La tarde pasó mientras el sol se escondía, el viento soplaba pero el mar se calmaba. La gente se fue marchando. Llegando el frío y la soledad. Yo me quede ahí sentado prácticamente solo contemplando la nada a través de mi objetivo. Entonces mientras recorría con mi ojo mecánico la orilla la encontré. Una figura pelirroja que parecía respirar vida. El pelo impedía que le viese bien la cara. Sin embargo ahí estaba como una sirena que le canta al mar. No se cuanto tiempo me quede ahí mirándola embebido en aquella felicidad que parecía sudar. Me acabe marchando antes que ella. Sentía que estaba interrumpiendo un momento, que era un intruso en la escena.
Al llegar a casa le enseñe las fotos al abuelo, una por una él asentía orgulloso y diciendo comentarios. "Preciosa pareja. Son la señora Travis y el señor Suzuki"
-Aún recuerdo cuando jugamos a pasarnos la pelota-le brilló una chispa en los ojos.
-Nunca me dejabas ganar.
-Nunca hubieras aprendido a hacerlo sino.-reía.
Foto tras foto me contaba una historia. Entonces llegamos a ella. Solo había una. Pensaba que habría hecho cientos. Pero solo había una.
-Ahh Sally ha vuelto.-asintió.
-¿Quien?-pregunte realmente interesado.
-Esa chica.-señalo a la pelirroja de la pantalla.-es la nieta de los Howard. Es una niña adorable. Siempre juega conmigo al ajedrez. 
-Nunca la había visto.
-Viene solo en vacaciones. Estuvo el año pasado en un internado inglés o uno alemán. No lo recuerdo bien. Sus abuelos deben estar contentos.-asintió para si mismo.-deberíais conoceros. Le caerías bien. Dice cosas raras, como tu.-rió.
-Tal vez...¿Como habías dicho que se llamaba?
-Sally, Sally Morgan.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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