"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

viernes, 23 de mayo de 2014

El fin al siempre había estado claro para mi.

-Oli, estas equivocada. No puedes decirme esto...-repetía Sam perdido, y completamente anonadado. "¿Por qué?" se preguntaba a sí mismo.
-Sam, por favor, escúchame.-rogaba ella, con la voz temblorosa y un nudo agarrado en su pecho, sintiendo más miedo del que jamás había sentido. Lo había hecho pero ahora, ahora estaba aterrada.
-Tú y yo somos amigos Oli.-para ella aquello fue un golpe más duro del esperado. Sabía lo que él iba a decir, apenas abrió su bocaza supo que sería el final aún así ella le abría su corazón, y él... lo lanzaba.
-Aja.-dijo ella con una lágrima infraganti, que se seco con la mano.-somos amigos Sam, Sammy y Oli.-se burlo.-¿divertido verdad? Pero mi querido Sammy.-dijo con cierto desprecio pero tanto dolor y cariño que sus ojos no podían evitar hacer que el quisiese abrazarla y decirle "todo saldrá bien"-Sammy, tu no eres mi amigo. Tú lo eres todo.-soltó como quien respira.
-Yo, tú...nosotros n-no.-empezó a tartamudear con la mente queriendo explotar, queriendo huir.-¿como puedes decir algo así?
-Porque en la mierda que ha sido mi caotica mente, en todo eso, entre todo el jodido dolor estabas tú. Tú amigo me has hecho sentir normal. Has hecho que sienta ¡joder, entiéndelo!-grito agarrándose el pecho.-¡antes de ti, no había n-a-d-a! ¡Nada!-lloro.-nada.-dijo en apenas un susurro. En aquel instante él miro sus ojos llorosos, su cara mojada, sus labios temblorosos y sus manos aferrándose a la chaqueta abrazándose. En aquel instante contemplo sus ojos atentamente, y vio eso que tanto le llamo la atención la primera vez que la conoció, pero ahora le daba miedo, estaban vacíos. Carentes de cualquier emoción. No estaban escondidos tras una sonrisa, no... ahora era tan vulnerable como siempre había sido, exponiéndoselo a él. Y él no sabía que hacer, porque no le podía decir un falso te amo, un abrazo o un beso por mera lastima. Si lo hacía ella nunca le perdonaría.
-No se que hacer.-confesó. Olivia le miró, él estaba asustado de ella. Cargaba la culpabilidad y la responsabilidad.
-Déjame sola Sam.-pidió arrastrando las palabras con el efecto del alcohol aún disipándose. Él no podía ni debía hacer nada.
-Prométeme que no harás alguna tontería-le rogó.
-Vete. Volveré a casa sola.-concluyo secándose las lágrimas, limpiando el rimel y el maquillaje corrido. arreglándose hasta la nueva "perfección".-Hasta luego.-se despidió dándole un beso fugaz en la mejilla con la cara aun húmeda.
Continuo su camino, andaba a grandes zancadas, sin mirar atrás, soltado las lágrimas mientras caminaba de vuelta a "casa", rió suave y temblorosamente al susurrar esa palabra. Miraba las calles desiertas pensando en quedarse tirada en algún portal, en ir algún bar y conocer a un tío, quizás así tendría donde quedarse y podría aliviar lo que sentía. Pero solo se engañaba y lo sabía.
Por lo que mirad la calle, ¿la veis? ¿Podéis oír ese tac-tac? ¿Podéis ver el humo? ¿Podéis ver su pelo? ¿Podéis ver sus lágrimas? Son la cosa más hermosa que existe. Contemplarlo. Quizás mañana ya no este.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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