"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Préndelo.


Quiero oír la música en mi cabeza hasta que me rompa los tímpanos y mi mente quede suspendida en un pitido. Subo el volumen hasta que cada pensamiento, cada palabra, cada sonido del exterior, del interior, cada boom-boom, cada rugido de mi estomago, el crujido de la silla, el repiqueteo de mis dedos contra la mesa, el crack de mis huesos al estirarme, las risas de la calle, el motor de los coches, las sirenas de una ambulancia, el ladrido de un perro, la discusión de alguien, todo, todo quedará reducido al segundo plano. Aplastado. Consumido. Tragado, deglutido y digerido por la música que estalla. Me salva. Cuando se apague volveré a oírlo todo. Seré más consciente de ellos. Pensaré en porque el volumen era tan exageradamente alto. Por ello no la dejo terminar. Sigue una y otra vez. Se que no podrá durar para siempre. Habrá un instante en que la música se detendrá, el ruido llegará y la tortura empezará. Así que la escucho una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez como un viejo disco rayado de esos de antaño cuyo chirrido apenas acababas percibiendo de lo sumido que estabas en la canción. A eso espero yo. Quiero que cuando el disco se empiece a rayar y ella empiece a desaparecer la siga escuchando en mi cabeza. Espero que cada nota queme todo lo que hay en mi dejando unas cenizas que no puedan resucitar. 

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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