"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

miércoles, 18 de junio de 2014

Un gato llamado Ron.

La ve. Un plan simple, pasar por delante. Ella le reconocerá. Casual. Sin embargo es inconsciente del hecho que gracias a su repentino asombro y agradecimiento al universo su ropa y pelo son un desastre, su chaqueta descolgada y su pantalón sin terminar de abrochar... determinan algo. Anda. Se cruza deliberadamente en su trayectoria, baja las escaleritas, y gira a la derecha entrando totalmente en su campo de visión.
-Buenos días.-dijo dulcemente sin levantar la voz.-¿me estas acosando? ¿debería preocuparme?- Cain se gira con una sonrisa mirándola como "¿Acosador?"-Perdona mi error.-ríe al analizarle.-tu aura.-le señala con la mano.-indica un claro camino de la vergüenza. Lamento haber interrumpido tu huida.-ríe más fuerte.
Extrañado se mira. Sus pantalones mal abrochados, el cinturón más suelto de lo que debería, la camiseta bien colocada pero arrugada. Es la misma ropa de ayer. Su pelo, lo toca, está aplastado por la base.
-Joder.-chasca. mientras tira la chaqueta al suelo y se arregla.-pillado.-intenta salvarlo. Ella sonríe.
-Por lo menos te pille yo y no la pobre camarera.-levanta una ceja.-sí, me di cuenta aun en mi estado comatoso.-da una larga calada al cigarrillo. Suelta el humo lentamente. "De las cosas más sexys que he visto"- ¿y bien? ¿buen regalo compensatorio? Me alegro de ser el catalizador de tu actividad sexual.-calada corta y sonrisa mientras suelta el humo.-el Karma te sonríe por ayudar a una oveja descarriada.
Se sienta a su lado. Le coge un cigarrillo de la caja de al lado. Zoe no dice nada, solo le tiende el mechero y se lo enciende. Se quedan ahí. En silencio. Aspirado. Soltando. Oxigeno. Humo. Nicotina. Sus piernas se rozan ligeramente a la altura de las pantorrillas.
-Gracias otra vez.-se rasca la muñeca.-debería de dejar de hacer esas cosas... o tal vez seguir haciéndolas y encontrar otro caballero de cuero.
-No deberías bromear. Te podría haber pasado algo.
-Paso. Te conocí.-sonríe inocentemente y continua con su cigarrillo mientras mira a la calle. Él la mira a ella. su oreja tiene tantos pendientes que le es difícil distinguir el numero. Aretes, unas bolitas, más aros, cadena y una pluma del aro atado a la cadena. Su pelo destaca aún más con el sol. Su respiración acompasa a la de él, o la de él se volvió rítmica con la de ella.
-No tendrías porque buscar otro caballero.-suelta sin más. Ataque directo.-podría ser el tuyo.-decir hace frío habría sonado exactamente igual con aquel tono de tranquilidad.
-Claro...-dijo atónita y sorprendida.-claro.-asintió ahora más convencida.-Café. De verdad. Caliente, dulce, amargo y cremoso café  de mi cara cafetera heredada de mi abuela.-bromea levantándose. Él se levanta con ella. La mira. Ahora a la luz del día, limpia y con el gesto compuesto ve que es más guapa que la noche pasada. No es la morena que dejo en la cama hace solo media hora. No. Es menos corriente pero a la vez normal. No destacaría en un grupo de muchas chicas más que por su pelo. Pero al verla de cerca te dan ganas de besar el aro de su labio y probar a que sabrá la bolita de su lengua. Enfermo. Se ríe para si mismo.
Suben las escaleras tres pisos más que la casa de la morena. Por suerte no es su rellano. Su casa es solo un gran colchón pegado a la ventana con un edredón morado y cojines negros. El sofá es de tela vieja y desgastada con una manta de aspecto acogedor sobre el que un gato rojo le mira. La pared es solo el ladrillo. Un par de fotos de gente con ella sonriendo, bañándose en el mar, escalando montañas, fumando, bebiendo, cantando y tirados en el suelo. Un chico la besa. Un pareja mayor de un hombre con su nariz la están abrazando. No parecía ese tipo de chica. Un gran y enorme cuadro de Holanda descansa sobre el televisor grande y pesado. Seguro que no tiene HDMI se ríe ligeramente.
-Lo sé, es de risa.-se encoje de hombros mientras va a la enana isla de la cocina-salón-dormitorio. Apartando aquello no había nada. Solo cajas con cosas.
-¿Te mudas?
-Desde hace tres años.-se ríe.-no quiero desempacar todo... me da la sensación de estancarme. Si mañana quisiera salir corriendo solo tengo que coger una caja determinada. Huir. Es más fácil así.
-¿Problemas de compromiso con la gente?
-Problemas con la gente.-bromea.-tu eres el primer ser vivo apartando al pobre Ron que viene a visitarme en cuatro meses.-suena triste.-dramas. Dramas. Dramas. Te lo suponías, no es nuevo.-asiente.
-Así que ¿Ron?
-Wesley. Es un gato del vecindario, se cuela a veces en casa. Le doy de comer, se queda dormitando por ahí, me hace compañía y tras unos días u horas se marcha hasta nuevo aviso.-le rasca la cabeza al minino.-es mi caballero de peluda armadura. Sus garras son más fuertes que las tuyas.-ríe mirando el café burbujear.
Si tu supieras, piensa él. La mira servir el café, coger una taza de "keep calm and fuck you" y otra de Buscando a Nemo, le tiende la del pez con un "adorable". Se quedan ahí sentados en el sofá hablando de nada mientras los dibujos animados y las reposiciones pasan ante ellos. Ella le invita a comer su nueva creación de pollo al curry. Él lo acepta y se come el invento no tan afortunado a pesar de que ella deja la mitad mientras blasfema y repite "eres un santo por comértelo, no tienes por qué". Se quedo hasta la cena. Ella le acompaño a la parada de autobuses cuando el reloj marco las once y cinco. "No voy a pasar dos días seguidos contigo" dijo. Mientras esperaban se miraban. Él quería besarla. Ella no dejaba de mirar sus labios. Él quería quedarse con ella. Ella pensó en correr por el constante temblor de sus manos. Se miraron a los ojos mientras los neumáticos del autobus resonaban con la carretera. Ella le dio un ligero beso en la mejilla. Él otro. Se subió. Un adiós con la mano desde el cristal. Una promesa de volver en el aire.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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