"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 28 de julio de 2014

El brillo de la oscuridad.

Habían pasado seis días desde que se habían visto. Ella ya creía que había sido un sueño provocado por las hadas. Él solo intentaba estar lo suficientemente saciado para no cometer una gilipollez. Así que el sexto día un Cain vestido en traje, zapatos negros, una camisa blanca con los primero botones desabrochados, una corbata granate sin atar y una cadena de plata bajo la ropa se planto ante la puerta de una ensoñada Zoe. Ding-dong. Sonó el timbre. Ella no miro quien era, no pregunto, solo ando hacia la puerta y abrió. Pensaba que era el cartero, su camello, algún amigo que en un acto de nostalgia la había recordado, quizás su padre, pero era él en todo su esplendor. Se quedo petrificada mirándolo de arriba a abajo. Lo había soñado muchas veces aquellas noches, normalmente él brillaba más o iba sin camiseta, le soltaba una frase sexy y la besaba. Eso no era un sueño. La analizó de arriba a abajo. Llevaba solo una larga camiseta negra de unos diez centímetros por debajo de la cadera, de algún grupo que no llego a reconocer, estaba rota por los lados y se le veía un sujetador verde oscuro de encaje. Su pelo rosa estaba suelto y más despeinado que nunca, le llegaba un poco por encima del pecho contrastando contra la negra camiseta y la palidez de su piel.
-Hola.-se río ella al final ante la escena mirando sus pintas.-perdona mi atuendo.-hizo una reverencia en broma.-no sabía que vendrías.
-Traigo el desayuno.-levanto una bolsa de papel que ponía "Starbucks"-no podría haber esperado un atuendo mejor.-sonrío de forma pícara produciendo que ella lo invitase a entrar.
Mientras el se acomplaba en la cocina con la misma naturalidad que el gato naranja del sofá, Zoe correteo a su habitación con "naturalidad" a rebuscar en el cajón por unos pantalones. Dos minutos después estaba ante él con unos cortos y rotos pantalones vaqueros.
-¿Necesitas ir de compras?-pregunto Cain riéndose. Ella levantó una ceja inquisitora.-toda tu ropa está rota.-señaló con un ademán de cabeza.
-Muy gracioso.-cogió el enorme café que estaba en la encimera.-¿tiene azúcar?
-Bastante.-asintió. Zoe le dio un trago y saco la lengua en disgusto. Agarró el azucarero vertiendo tres grandes cucharadas.-repugnante.-bromeo él dando un trago de su hiperamargo café.
-Un placer que tu amargura no sabría disfrutar. Por cierto el muffin de chocolate brillante elección.-le mete un bocado enorme.-uno de arándanos y tres galletas con pepitas de chocolate y te hubieras convertido en mi héroe.-le sonrió de forma que Cain cayó embelesado. Osea... podría sonar ridículo pero el gesto de su cara, los ojos divertidos, la nariz respingona que brillaba con el metal, el aro del labio que chocaba contra los relucientes dientes "Muy blancos para todo lo que se mete" pensó Cain en un atisbo de claridad.
-Voy a tener que apuntarlo para la próxima-dijo de forma simple.-solo traje una galleta.
-Mmm.... por ahora valdrá.-asiente dando el "veredicto final".-será tu pago por invadir mi casa.
-Un bajo precio por tan grata compañía.
-Colocada tus zalamerías son menos cursis. Adorables, pero cursis.-ríe.-podría solucionarlo en un tris.-se levanta del taburete y se dirige a un tarro de galletas con florecitas. Lo abre y le enseña el contenido.
-Estas bien surtida.-sonríe de forma pícara sacando el canuto. -solo podré quedarme un rato debo ir a trabajar. Responsabilidades blah blah.-dice sacando el mechero. Lo prende. Le da una larga calada y espira lentamente.-buena forma de empezar el día. Café, dulces, un incentivo.-levanta la mano.-y una guapa chica.
-Dije que tus tonterías eran mejor colocada.-ríe ella sinceramente mirándole con cariño y arrebatando el porro de sus dedos. -¿vas así a trabajar?
-Aja.-asiente bebiendo más café.-no me visto así normalmente.
-Eso de ser broker suena a coñazo.-calada.-yo no podría ponerme un traje todos los días.-espiración, calada, calada. Él la mira. Se hipnotiza viéndola inspirar y espirar. Ve como pone el papel entre los dedos, como su boca lo atrapa en una necesidad escondida. Analiza el ritmo de la respiración, el tono de su voz, la pausa entre las palabras.-creo que jamás me he puesto uno. Solo una vez... un juicio.-le mira diciendo "soy un desastre, corre que puedes, pero por favor quédate"-en la boda de mi hermano me tuve que poner un horrible vestido de dama de honor. Algo así como... rojo tirando a naranja.-él ríe imaginándoselo.-con este pelo.-se mueve la melena y él se queda hipnotizando mirando las tonalidades de rosa. Ahora parece más oscuro. Más rosa. Más brillante. Es tan bonita que solo quiere besarla.
-Me encantaría besarte.-se le escapa. Estaba tan hipnotizado. Idiotizado por la pelirrosa que sus pensamientos y boca iban a la par.-es decir.... verlas. Me encantaría ver las fotos.
-Claro.-ríe ella tras el café mirándole divertida.-puedes ¿sabes?-asiente.-puedes besarme.-le sonríe de forma totalmente abierta.
-Debería ir marchándome, tengo el trabajo.
-Claro.-asiente ella triste ante la negación implicita.-venderle tu alma al diablo.-bromea pero él palidece.-exacto no entiendo como puedes. Mi alma esta condenada pero la tuya también, el dinero el dinero, por lo menos nos veremos en el infierno.-dice más para ella que para él. Pero esas palabras le conquistan. La mira quieto en el taburete como se levanta y se dirige a la puerta aún porro en mano dando caladas más profundas y necesarias. Lo ve en como sus pasos son más cortos y su gesto más tranquilo. La escucha casi pensar "sí, Zoe estás condenada. Te condenaste". Ella le abre la puerta y le mira esperando. Cain se levanta y ajusta el traje. Se para ante ella. La mira. Coge el canuto de entre sus dedos le da una larga calada. Se lo devuelve.
-Adiós.-se despide apoyada en el canto de la puerta esperando que se vaya para sumirse en el sofá con su café, su amigo de la mano y quizás magia hasta que le toque ir a la tienda de tatuajes.
-Hasta luego.-le dice él. Se va a marchar. Pero antes, antes se acerca a ella lo suficiente para darle un beso en la mejilla. Dulce. Con la mano le gira la cara ligeramente y la besa. Ella flipa. Alucina. Anonadada. Sorprendida. El maldito diccionario entero pasa por su gesto antes de devolverle el beso. Es el todo en un momento. Él se marcha dándole un ligero último beso. Le sonríe y se marcha. Sale por la puerta. Zoe sigue quieta y paralizada. Entonces reacciona. Corre a la terraza.
-¡Cena!-grita al hombre del traje de la calle. La mitad de la calle se gira a mirar a la loca gritona del pelo rosa.-¡Viernes! ¡Cena en mi casa!-grita aún más alto. A pesar de la gente, la incógnita general y las risitas de otros. Ella solo le mira a él.
-¿Como podría negarme?-sonríe él de la forma condenadamente sexy que la deja a ella mirándole caminar hasta el final de la calle. Se queda ahí viendo la acera hasta que su espalda desaparece, incluso más. No hay nada en su mente. Nada. No hay dolor. No hay delirios. No hay más que ella perdida mirando la gente pasar. Recordando algo sí. Él girándose de forma más radiante que las hadas.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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