"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

viernes, 11 de julio de 2014

El hielo no puede sentir, a no ser que lo derritas.

El fracaso quizás una de las palabras más horribles que pueda afectarnos. Ser un fracasado. No ser suficiente, no ser lo que se espera, no ser lo que tu esperas, no ser nada más que un fracaso. Una decepción una derrota de proporciones bíblicas y esperanzas rotas que te fragmentan hasta la nada, hasta el fallo del ser, hasta ser la miseria. Ser nada ahora mismo sería algo agradecido. Ser el vacío sería ser algo más de lo que soy. Los sentimientos nunca me hicieron nada bueno. Eres fría dijeron, no seas tan pesimista decían... cuando era así no había puñal lo suficientemente grande que pudiese dañarme. Ahora, ahora soy un maldito manojo de escombros que luchan por intentar ser algo más que roca en el suelo. Solía ser un tempano, un cascarón vacío, unos ojos perdidos en la infinidad de su ser, un ser incapaz de ser. Pero a ella nunca la pudieron herir como a mi. ¿Se puede retroceder? Sí, es así la pregunta es ¿debo?

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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