"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

martes, 15 de julio de 2014

El punto en el horizonte.

Aquella chica era sin duda de las más raras que nunca había conocido. Me trataba como si fuésemos amigos desde que usábamos pañales, bromeaba, reía, me miraba y hablaba con la misma naturalidad que respiraba. En cuatro horas fue capaz de llamarme aburrido, parado, silencioso, mono e interesante unas diecinueve veces. Me enseño todos los rincones interesantes de este sitio "moriría de un paro cardíaco o una bala en la sien si no hubiera algo más que abuelas haciendo gimnasia acuática" bromeó. Había un árbol en el jardín del señor Swift que tenía una familia de ardillas en el piso superior y un mapache "adorable" que a mi me aterraba por le hecho de un potente y firme creencia de que me contagiaría la rabia al que ella apodó Mico. Me llevo a la playa haciéndome escalar por la piedra algo húmeda mientras mi valor se acumulaba en mi garganta mientras mi hombría iba disminuyendo hasta ser canicas.
-¡Sube rápido este es el mejor sitio del mundo!-grito ella desde la cima.
Al subir supe que no se equivocaba. Me alegre de llevar la cámara. Era un acantilado en el que por el lado que subimos se veía el tranquilo, sosegado y placido mar y arena mientras que por el otro lado las olas chocaban con la ritmicidad del tambor y la fuerza de un terremoto. A lo lejos se vislumbraba el horizonte, azul, azul, azul aunque la luz producía como tropecientos matices que sería incapaz de describir fielmente.
-¿Alucinante verdad?-me sonrió dándome un golpecito en el costado mientras mi boca y mi mirada quedaban embelesadas. 
No pude producir sonidos. Necesitaba consumir cada partícula del sitio. Mi abuelo tenía razón era un rarito. Cogí la cámara olvidándome casi, casi, de su presencia a mi lado. Realmente podríamos haber estado minutos, segundos u horas no estoy seguro pero la luz se fue atenuando.
Al salir del trance esta a mi lado sentada en el suelo con las piernas cruzadas contemplando el vacío. Su pelo relucía con la luz del sol, parecía formar parte del paisaje tanto como la propia roca del acantilado, quizás más. Le hice una foto. Otra. Otra. Ella no se percataba. Solo oía el clic de la cámara que tanto tiempo había estado sonando. Entonces... me miro. Lo hizo de forma sosegada, tranquila, no esperaba encontrarse mi lente que capto el vacío, la dulzura, la paz y la pequeña lágrima que ella albergaba. Clic. Se sonrojo, se río y me miro de forma acusadora. Clic. Se tapa la cara y frunce los labios. Clic.
-¡Para!-grita divertida por encima del sonido del mar. Clic.-enserio.-dice algo más enfadada.-Clic.-eres insufrible.-clic.-¿puedes parar de hacerme fotos?-dice mirándome entre los dedos de sus manos.-Clic.
-No.-respondes.
-¿Por qué? Solo tienes que parar de darle al maldito botón,. 
-Solo no puedo.-dije mirándola por encima de la lente. Ella sonrió de la forma más dulce del mundo, como si de verdad lo entendiese. Quise fotografiar aquello pero no pude, no quise realmente. Aquel momento solo quedaría grabado en mi memoria.
-Lo entiendo.-se giro y continuo mirando al vacío.-es como si te pidiese que dejases de respirar.-inclino la cabeza y me miro brevemente. Se levantó y se puso de puntillas mirando el vacío, el horizonte, como si así pudiese ver que había por encima de la línea, como si consiguiese alcanzarlo.-es como si haciéndolo dejases de respirar y fueses algo más. Algo que no existe.-continua mirando la nada solo habla. Ahora no se si hablaba conmigo o con ella. Aquello lo hacía mucho.-es estar vivo y muerto. El punto en el horizonte.-devolvió los pies al plano suelo, me miro.-¿no?-su gesto era lo más incomprensible que nunca había visto.
-Exacto.-fue lo último que le dijiste.
PD: Continuara...

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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