"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

miércoles, 23 de julio de 2014

Estábamos marcados por mi estupidez y su locura.

Al principio tengo que reconocer que creí que la entendía, me creí tan sumamente importante, tan genial, tan observador e inteligente que creí que podía comprenderla en todo su esplendor. Pensaba en su melena rojiza y cada movimiento que su pelo hacía con el simple paso del aire, la curva de sus labios dignos de un beso que aún no me atrevía a darle, la profundidad y complejidad de sus ojos, la blancura de su piel a la que increíblemente los rayos del sol parecían no afectar. Sin embargo había algo que tarde en comprender. Algo que cuando lo hice me sentí tan estúpido como ingenuo. En aquel entonces solo era un crío creído y sabelotodo. La miraba y juraba entender cada pensamiento que su loca mente creaba. La escuchaba y sabía perfectamente como sonaba cada letra, cada palabra, cada emoción dicha o contenida. Lo creí todo. Aquel fue mi mayor error. Mirando atrás me daría un bofetón en la cara gritando "¡No seas gilipollas niñato!". Porque ella no era nada de lo que creía. Ella era todo eso y mas. El problema es que Sally Morgan era todo lo que veía. Sally Morgan era el amor de mi vida. Era la chica a la que temía besar. Era la chica que se reía de mis chistes. La chica que callaba mientras hacía fotos. La chica cuyos movimientos eran como una danza al mundo. La chica de pensamientos irracionales y acciones espontaneas. Sally Morgan era todo eso y más.
-Sally.-la llame.-¿tú no tienes que volver la semana que viene al instituto?
-No.-asiente.
-¿Por qué?
-Lo termine el año pasado.-se encoge de hombros como si no fuese nada del otro mundo y vuelve la vista hacía el patio de casa mientras el torrente caía.
-¿Como?-pregunto totalmente perdido. Ella me mira y se ríe, se ríe desde el fondo de su estomago. Con los ojos aún brillantes por las pequeñas lágrimas acumuladas, con la sonrisa en el rostro responde.
-Situación especial, cerebro prodigioso, gran poder de convicción y algunos problemas sociales.-continúa sonriendo.-ta-daaa.-se abre de brazos restándole importancia.
-Eres más lista que yo entonces.-fue lo único que me atreví a decir. Fue el único comentario que realmente me creí capaz de contestar.
-Obviamente.-me mira con la mirada perdida en un punto más allá de mis ojos. En ese momento no supe que pensaba. No supe nada. Esa mirada perdida en un punto perdido mientras me contemplaba. El azul predominaba a cualquier color en aquel momento. Las pestañas casi rubias ligeramente cerradas. La boca en una sonrisa cordial, alegre y risueña que me aterró por lo vació de su expresión. En ese momento lo vi claro como el cristal. Cuanto la había practicado. Me la imagine mirándose al espejo viendo la naturalidad de ella. La vi repitiéndola tantas veces que al final era tan natural como reírse de mis tontas bromas.
-Hey.-me despertó.-deberíamos ir a la playa.-me reí ante aquella broma. La mire y fruncía el ceño.
-¿Lo dices enserio?-ella asintió como si fuese obvio.-está cayendo un torrente de agua, no podemos casi ni ver la vaya de casa.
-Podríamos....-me miro pensando y cavilando sus palabras.-podríamos probar. Pensé que sería divertido un baño.-se trabo un poco con las palabras. Miraba el patio con ojos interrogantes y ensoñadores.
-Meternos con el mar así sería una locura Sally.-dije a pesar de la obviedad de la situación.
-Si.-me miro y sonrió.-claro, era solo una broma.
En aquel momento lo vi. Vi la sonrisa forzada tan preciosa casi más que la real. Vi los ojos grisáceos con la mirada fija en un punto inconcluso. Contemple un hoyuelo que nunca había visto. Oí la desesperación que había en su voz escondida tras la risita, escuche las palabras rebotar sobre la lluvia intentando esconder la verdad. La vi mirar la lluvia ensimismada, ocultando el deseo. Vi como reacciono su mirada pasando del torbellino de color al verde un mínimo instante y después al pálido gris cuando escucho la palabra "locura". Entonces lo vi. Nunca en mi vida podría entender a Sally Morgan. Ella estaba más allá de mi razonamiento. No pensaba con claridad. No podía. Su mente era un caos en el que habitaba la felicidad. Su mente era su tortura. Nunca podría entender a Sally porque la mayoría de sus actos eran pensados seis veces y cambiados quince antes de ser realizados. Ahí empece a creer que podría ayudarla, podría arreglarla. Sin embargo a pesar de creer que podría hacerlo.... Me equivoque. 

2 comentarios:

  1. Es un relato increíble.
    El título me enamoró y ciertamente pude captar los sentimientos y emociones confusos del narrador.
    Simplemente divino.
    Sigue deleitandonos con estas bellezas, por favor.
    Un beso.

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    1. Me alegra de forma que no imaginas que digas esto. Para mi esta historia es muy importante y que la entiendas y aprecies es... simplemente sin palabras jaja
      Muchas gracias, un beso enorme de la niña perdida :D

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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