"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 14 de julio de 2014

La regla de los tres días no es lo que parece.

No tenía su teléfono. Se llamo idiota cientos de veces mientras hablaba con el viejo gato naranja. Recorrió la habitación unas quince veces antes de meterse en la cama y acurrucarse en ella con la calada de un viejo amigo entre los labios como somnífero. Con él en casa no había tenido necesidad de polvo de hadas, no había querido ver el brillo, no necesitaba sentir como el mundo se sumía en la bruma. Su mera presencia parecía ser la distracción que necesitaba para olvidar que su palpitante corazón era solo un desastroso manojo. Ahora que no estaba se preguntaba como podía querer necesitar tanto al desconocido Cain.
Él se preguntaba cuantos días deberían pasar para llamar a su puerta. En dos días el hambre aparecería. No quería que ella estuviera presente. En dos días necesitaría su droga. Su vida. Su energía. La vitalidad agena. Si la hubiera tomado allí ahora dispondría de suficiente tiempo para no preocuparse en un par de años. Era tan fácil como robarle un caramelo a un niño. Era venderle droga a un yonkie. Podría haberlo hecho. Ahora que estaba lejos de ella se preguntaba por qué no lo había hecho, por qué lo único que quería era verla.
PD: Continuara...

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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