"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

sábado, 16 de agosto de 2014

Algo así, no puede estar mal.

Cain se despierta en una cama desconocida. Se remueve entre las sábanas moradas con olor a lavanda, "Zoe" asalta la palabra en su mente. Piensa en el error que ha sido dormir en casa de alguien. Luego recuerda que no, no es una chica cualquiera, mira a su lado y la ve tumbada aferrada a la almohada, desnuda y tapada a medias con la sábana, su maldito pelo rosa hace que la realidad le asalte. "Estas en su casa, en su cama". La mira y sonríe. "Te acostaste con ella. No es nada malo. Es más, estuvo jodidamente bien". La mira un rato más y se recuesta a su lado mientras su mente divaga: ¿correcto o incorrecto? Zoe se mueve mientras ruiditos salen de su  garganta.
-Hola.-musita entrecortado en un intento de abrir los ojos.-solo quiero quedarme aquí.-sonríe aun con los ojos entrecerrados.
-Es una buena cama.-bromea él dándole un beso en el cuello.
-Buena forma de despertar.-termina de abrir los ojos para encontrarse con los de él-desayunar.-dice nerviosa.- hambre. Ire...-bosteza.-a hacer el desayuno.-se estira como un gato mientras se levanta totalmente desnuda de la cama. Le mira por encima del hombro y se ríe.-mejor me pongo algo para cocinar.-agarra una camiseta ancha y unos pantalones tipo calzoncillo.
Cain se queda allí, mirando como su mente también divaga, ve como mueve los pies nerviosamente mientras busca el pan. Ve como su sonrisa fue ligeramente forzada. Mira como agarra los puños de la sudadera pensando cuanto él habrá visto y reconocido en su cuerpo. Lo reconoció todo. Las marcas, los tatuajes, cicatrices y pesadillas. La mira y piensa lo bueno, lo bueno es mucho. Es preciosa. Es increíblemente preciosa. Huele de maravilla. Su boca... su dichosa boca. Su pelo. El metal que le trae como un imán. Ella piensa en que significado tienen los tatuajes. Piensa en si él querrá quedarse. Piensa en porqué el querría hacerlo y porqué ella quiere que lo haga. Se asusta. Le mira y le ve sumido en su mente. Pensará lo mismo cree, quizás quiera marcharse.
-Cain.-le llama.-él levanta la vista perdida y la centra en sus malditos ojos marrones.-verás si no quieres.-dice nerviosa mordiéndose el aro del labio.-osea si no quieres quedarte no tienes porqué.-sonríe de la forma más natural del mundo. Sí el no fuese él. Si no viese como tras sus ojos hay una suplica de necesidad por algo que no es él, si no viese que se esta perdiendo en el miedo creería a su sonrisa.
-Quiero quedarme.- sale directamente de sus labios.-quiero quedarme, desayunar, ver la tele y tener unos cuantos momentos más de estos.-se tumba en la cama mientras escucha su risa nerviosa y alegre. Inspira. Espira. "¿Qué estás haciendo Cain?" se pregunta mirando el blanco techo con una pequeña grieta. La ve revolotear por la pequeña casa. Ella se acerca, le tira del brazo sentándole en el sofá y le da un beso en la comisura de los labios.
-Las mejores tostadas que probarás jamás. Con horibleeeeee café amargo. Tal y como te encanta sin una pizca de lo que sea.-bromea tendiéndole la taza. La mira a ella sorbiendo de su taza un café con aroma dulzón hasta empalagar. Ve como traga. Como inspira absorbiendo la esencia de esa cosa que él odia. Mira como el color de sus mejillas resalta cuando ella se da cuenta cuan fijo la esta mirando. Mira como sus ojos parecen brillar un poco más tras el dulce. "Eso estas haciendo" piensa, le da un trago al perfecto café. "Eso es lo que estás haciendo" repite su mente mientras la besa.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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