"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 11 de agosto de 2014

La chica que cantaba a los tiburones.

Quedamos en ir a visitar el acuario de la ciudad. "Nunca he visto un delfín" le había confesado la semana tras nuestro beso. "Morirás como un viejo amargado que cree que son peces" "¿No lo son?" bromee con un tono irónico que hizo que me llevase una colleja por tonto y un beso por idiota. Eso dijo ella.
-Llevaba sin venir desde los catorce. -comento al entrar.-America me trajo después de una bronca con Babi.-explico mientras mirábamos los peces de colores.-no habíamos hablado en tres semanas.
-¿Que pasó?-pregunto mientras ella concentraba su visión en un pez San Pedro que parecía mirarla.
-Dije cosas inapropiadas, ella dijo otras. America no sabía que decir.-rió. Caminaba moviendo un dedo por el cristal, los peces parecían seguirla. Todo el mundo miraba los peces. Los peces eran curiosos un par de segundos, minutos tal vez lo máximo que había conseguido yo fue con un pez globo durante treinta y dos segundos. Sin embargo, por extraño que parezca a Sally la seguían. Ella caminaba y los peces iban tras ella. Tal vez fuese su reluciente pelo naranja que brillaba como un llamativo cristal. Quizás la blancura de su piel. O tal vez la mirada azul como el propio mar.
-Te están siguiendo.-reí cogiéndole la mano.
-Son curiosos.-dijo apretandome la mano sin mirarme.-soy rara.-bromeo dándome una genuina sonrisa.-tengo la misma mirada de tontos que ellos.-continuo mirándolos centrándose en una manta raya del suelo.-¿los ves?-"sí"-¿no te parecen preciosos?-asentí con una sonrisa.-les pasa lo mismo que a mi, por eso nos entendemos.-sonríe a un grupo de pez payaso.-¿lo ves?-volvió a preguntar. No entendí el tono de su voz.
-¿El qué?
-Echan de menos el mar.-su voz sonó con un tono parecido al de aquel día bajo el porche. 
No era la llamada de socorro que hizo relucir luces en mi cabeza como una feria. Fue la chispa de un mechero que no prende, sutil pero brillante, solo un segundo. Después me sonrió de forma feliz mientras continuaba caminando y explicándome la historia de como Babi vino aquel día por la trampa de America. Se reconciliaron, se perdonaron, lloraron y gritaron, en ese orden por lo visto. Todo ello mientras me decía los nombres de cada dichoso animal. Eso es una tortuga gigante, esa una carey. "Mira, mira, un atún gigante" reía señalando como una niña pequeña. Una beluga, una morsa, una foca "ahh adoro las rayas, son tan suaves" dijo mientras tocaba una. Yo me acojone. Preciosas y suaves pero el pincho trasero imponía. Me encantó verla reír mientras mi mano iba indecisa hacia el bicho.
-Miedica.-dijo cogiéndome la mano llevándola al animal.-¿ves?-me miró con cariño y alegría. Si pudiese ahora mismo volvería a aquel instante y la abrazaría. Le diría te amo. La besaría y llevaría a donde quisiese. 
Había medusas, unos peces super curiosos llamados luna, pez cirujano, morena. Entonces sin más, en el pasillo de los tiburones empezó a cantar.
-Are you ready kids?-dijo mirándome con una estúpida sonrisa. Yo negué al observar a la gente mirarnos con diversión, curiosidad y extrañeza.-Are you ready kids?-pregunto de nuevo con más énfasis. Me reí y ella frunció los labios en enfado, pero unos niños junto a nosotros empezaron a corearla.
-Aye-aye captain.-Sally los miró con los ojos brillantes, de un verde intenso y una estúpida sonrisa que apenas había visto. Aquello me partió el corazón de formas contradictorias."I can't here you" les contesto entonando-Aye-aye captain!-dijeron más alto mientras la gente nos miraba más y un par de niños se unían.
-Oh! Who lives in a pineapple under the sea?
-SpongeBob SquarePants!!!-bramaron un coro de cinco niños a la pequeña y risueña pelirroja junto a mi. Empezó así la situación más rara que había vivido. Bueno... la más curiosa. Cantaron el coro. Repitieron una y otra vez con tontos saltitos. Desafinando mientras los padres reían y hacían fotos. La gente los miraba con nostalgia y diversión, algunos con vergüenza al pensar en hacerlo, le hice cientos de fotos haciendo el tonto mientras cantaba. Ahora miro esas fotos y me arrepiento de no haber cantado.
-¡Bravo!-gritaron los padres de los niños mientras todo el mundo aplaudía y un mar de tiburones curiosos parecía escuchar. Los padres le agradecieron el show a Sally y ella se sonrojo como una cría.
-Eres un aburrido.-dijo agarrándose a mi brazo de camino a los delfines.-tendrías que haber cantado conmigo.-no se como puedo querer a alguien tan tranquilo, si no fuese por tu excentricidad te hubiera tirado a los perros el primer día.-me beso en la mejilla mientras yo absorbía las palabras.
-Yo también.-dije cuando llegamos al espectáculo de los delfines. Ella levantó una ceja.-también te quiero.
-Ah.-enmudeció.-claro.-río.-¿como no ibas a hacerlo?-pregunto de forma sarcástica recostándose en mi hombro. Nos quedamos así. Quietos escuchando la respiración el uno del otro. Era una intimidad extraña y reconfortante bajo el estruendo de la multitud de niños, parejas y familias que nos rondaba.
-Eso es un delfín.-rçio Sally señalando el agua mientras un animal gris salía a saludar al público. Lo miré y reí. La mire a ella que sonría como la cría de ojos verdes igual que cuando canto la estúpida canción. La bese. Nos besamos y apenas sonó el animador miramos el espectáculo. Saltos. Soniditos graciosos. Movimientos curiosos y una tonta sonrisa de felicidad bajo una mirada inteligente.
-¿Te han gustado?-pregunto emocionada mientras nos marchábamos a casa.
-Me recuerdan a ti.-fue lo único que respondí mientras le ponía un brazo sobre los hombros.

1 comentario:

Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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