"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

viernes, 1 de agosto de 2014

Todos mis recuerdos están teñidos de rojo.

Días buenos. Días malos. En nuestra historia hubo de todo. Un vez los malos aparecieron no nos dejaron. Sin embargo los buenos ganaban. Los malos, no eran tan malos. Yo quería a Sally. Quiero a Sally Morgan.
-¡Señor Bonzkewitzz!-grita desde fuera desde la puerta.-dígale al perro de su nieto que venga conmigo.
-Ya escuchaste.-ríe el abuelo desde el sofá mirándome con los ojos del viejo sabio que conoce la vida más que yo, que sabe que cada acción tiene una consecuencia, que me mira con el conocimiento de que soy el tonto enamorado de la chica demasiado asusto para decirle algo.
-Claro.-me levanto y agarro la chaqueta de la silla del comedor. Hace un par de semanas empezó el frío.
-¡Dichosos los ojos!-hace un acto teatral poniendo los brazos en jarra y hablando con esa voz de obra teatral infantil.-¿es un espejismo?¿es mi amigo Danny? No.-hace otra voz con una mano parlanchina.-tu amigo se fue hace mucho... hacía mucho que no venía por aquí. Mujeres más importantes que yo.-le hace un mohín la real Sally. La mano asiente.-se fue a aguas más tranquilas y prolíficas. Pero le veo.-me señala con emoción como una cría con una tonta voz.-¿es él no? ¿no?-me mira esperando mi gran escena.
-Soy yo tonta.-la callo poniéndole un brazo por encima de los hombros ahorcándola ligeramente.
-Ahggg lo has fastidiado siempre igual. Tendrías que haber dicho.-se aclara la voz y la agrava.-si Sally, soy yo, volví, fui tonto estúpido y un niño de ciudad al que secuestraron libros y mujeres pecaminosas.
-Si lo sabes porque explicártelo.-me burlo mientras ella intenta zafarse sin posibilidad alguna.
-¡Maldito!-gruñe mordiéndome el brazo. La suelto de golpe.-tu te lo buscaste no me mires así...-frunce los labios.-además... ¿desde cuando eres tan alto?-se pone a mi lado y nos mide.-ahora me sacas una cabeza. Cuatro meses sin verte y creces tanto. Asquerosas hormonas. ¿No qué a los diecisiete se deja de crecer?
-Por lo visto no.-meto las manos en los bolsillos y empiezo a caminar. Me alcanza y me engancha su brazo.
-Pues yo deje de crecer a los catorce.-caminamos, caminamos, caminamos. Saludamos a algunos vecinos. Llegamos hasta el pueblo. Entramos en la tienda de chuches y como siempre se compra una bolsa de unos treinta regalices rojos que se terminará en menos de dos horas. "Te pondrás como una foca" le decía, ella me daba un golpe en el costado y sonreía diciendo que así podría casarme con ella sin sentirme mal por mi nariz. Caminamos hasta un parque de estos donde la gente sale a correr o sacar al perro. Nos sentamos en un banco y contemplamos la parte del pueblo que se ve desde ella.
-Sabes... me aburrí sin ti.-confiesa.-te eche más de menos de lo que quería.
-Llegue al corazón de la gran Sally Morgan.-me burlo. Pero cuando la miro ella parece seria.-yo también.-confieso.-tanto estudio era un coñazo. Las mujeres... no te creas que hubo muchas. Solo dos.-no quiero mentir.-tonterías con una amiga, un vano intento por sacarte de mi cabeza.-digo de verdad. No quería contárselo, no debía explicárselo, pero lo hago. Lo hago porque cuando la veo comiéndose el tonto regaliz a punto de acabarse, cuando la miro a los ojos serios que están en otro mundo pero me miran a la vez con todo su esplendor, cuando escuche esa vocecita suya tan tranquila diciendo las palabras que tanto pensó pausadamente esperando que las entendiese, solo quiero decírselo.
-¿De verdad?-asiento.-está bien.
Entonces respiro. En esa inspiración cojo todo el valor que necesito, el valor del mundo y la esperanza de que las cosas saldrán bien. Ella ha dicho que está bien. Me ha dado señales. Ella es mi amiga. Le importo. Si no arriesgas no ganas. El abuelo me matará si vuelvo a casa sin hacer nada. Me dije cientos de esas escusas en aquella respiración. Me las dije todas cientos de veces. "La quieres, hazlo tonto cobarde" fue la que me hizo soltar el aire y acercarme a su boca. En el primer instante sus labios estaban quietos y paralizados. Tenía los ojos abiertos y las manos a los lados. Me separe rápidamente. La mire y sus ojos brillaban en un intenso verde. Por lo que sin que ella abriese la boca, sin que pasase más de ese segundo volví a besarla. Ella respondió. Me beso. Nos besamos.

-Esas chicas fueron tontas dejándote ir.-bromea mientras se separa de mi.
-Tenía a alguien mejor. No podían hacerme olvidarla.-le digo a dos centímetros de la boca.-una tonta pelirroja.
-Maldita afortunada.-me sonríe acercándose un centímetro.-¿tendré que matarla?
-Dejemosla vivir. Morirá de diabetes en breves. Come demasiado regaliz.-me río.
-Imbécil.-dice antes de besarme.
Aquel día fue uno de los mejores de mi vida. Cuanto estuvimos en aquel banco no sabría. Solo recuerdo que volvimos de noche a casa. La lleve a su puerta donde nos despedimos de una manera que había estado soñando desde que la vi. Me dolía la boca. Me dolía el cuerpo. Estaba agotado. Cansado. Drogado. Extasiado. Era una felicidad que me asustaba. No podría durar para siempre, eso pensé cuando me marche a casa. "Hasta que dure imbécil" me dije a mi mismo. Entre a casa con la mayor sonrisa de idiota de toda mi existencia. El abuelo me dio una palmada en la espalda y la abuela suspiro diciendo "Juventud... quien volviera". Mamá me dio "la charla" tras la cena como si el sexo fuese algo desconocido. Si ella supiese que la hija de su amiga Magda, Elisa, me había enseñado de sobra. Mi último pensamiento aquella noche estuvo dedicado a la curva del cuello de Sally, la suavidad de su pelo, el olor a flores, su respiración contra la mía, su sonrisa, el brillante verde de sus ojos, el nerviosismo de sus manos, la tensión de sus músculos. Recuerdo el sabor de sus labios a regaliz rojo. Desde entonces no he vuelto a tomar uno sin llorar.

1 comentario:

Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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