"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Whisky con dos hielos.

Normalmente Sally escondía su tristeza en aquella máscara que hace tanto descubrí. Hacía un tiempo su uso había disminuido. Parecía feliz. Sus abuelos me decían cuanto la veían reír, como su sonrisa parecía más fácil de llevar o como los días malos habían disminuido. Jamás había visto un día malo. Ella siempre los ocultaba en pequeños gestos o mentiras piadosas. Ella siempre era tan correcta. Por eso cuando lo vi con mis propios ojos parte de mi mundo se derrumbo.
TOC-TOC-TOC. Llamo a la puerta. Su abuela, Nina me recibe con el rostro cansado y con consuelo.
-¿Está Sally?-pregunto.-habíamos quedado hace veinte minutos pero no ha aparecido. No quería molestar pero no coge el teléfono...-explicas. La mujer asiente y abre la puerta invitándome a pasar.
-Esta dentro. Danny.-dice con alerta en su voz.-hoy, hoy no es la Sally a la que estas acostumbrado. Entendería que te marchases. En un par de días estará mejor.-tiene un mal día.
-¿Qué le pasa?-pregunto tontamente ante la impotencia y la inconsciencia de la situación. Lo sabes. No quieres asumirlo. Tonto tonto.
-Lo sabes.-asiente mirándome de nuevo con ese consuelo.-puedes irte... no está bien.-afirma.-nada bien.
-Entonces debería estar con ella.-ella asiente. Me hace seguirla. Veo al abuelo sentado en el sillón del salón con la conciencia perdida en el fondo de un vaso de whisky con dos hielos. Subo las escaleras. Recorremos un pasillo. Primera. Segunda. Tercera puerta a la izquierda leo en letras grandes de color rojo Sally. Debajo hay una sonrisa dibujada con lo que parece spray.
-No voy a entrar.-me advierte.-quizás no te responda. A lo mejor ni siquiera te mira o reconoce tu presencia, pero sabe que estás ahí.
-Nina.-tragas lo que parece un nudo.-realmente no se que hacer.-reconoces perdido ante la nueva situación.
-Solo, solo se tú.-con ello se marcha y me deja enfrente de la puerta. Solo.
Llamo una vez suave y ligera. Abro la puerta y la veo. Está sentada en la cama apoyada en la pared con sus pantalones cortos azules de baloncesto, lleva mi camiseta desteñida de los Smith, el pelo suelto y despeinado. Me mira, solo un instante y agacha un poco la cabeza apoyándola en las rodillas. Doy pequeños pasos acercándome a la cama sentándome a sus pies.
-Hola.-digo apoyando mi mano sobre su cabeza. Durante un segundo noto como se tensa cada uno de sus músculos. Luego levanto ligeramente la cabeza mirándome entre los mechones de pelo. Sus ojos prácticamente azules estaban enrojecidos, las lágrimas se acumulaban en los párpados, las ojeras hacían su camino. Agacho de nuevo la cabeza y se relajo. Sentí como la respiración parecía calmarse, pero la oí llorar. Note cada debil sollozo, la respiración cortada y como sus manos se movían secando las lágrimas 
Estuve ahí sentado dos horas veintisiete minutos antes de que se durmiese. Le susurraba cosas como: te quiero, ¿sabes? hoy mamá me hizo recoger a la abuela de la peluquería, anoche vi una luciérnaga y un grillo se colo en mi cuarto. Kevin se cayo con el skate, le dieron cuatro puntos en la barbilla. Notaba espasmos de risa, notaba como se sorbía los mocos, notaba con la respiración se aceleraba. Pero empezó a dormirse, a tumbarse y acurrucarse contra mi mientras le contaba las fotos del día, la ardilla Chop subida encima de Luca. Los niños de los Percy colándose en el jardín del señor Swift. Mi hermana jugando con las orejas del Sparky. Se durmió del todo mientras le describía el mar: era azul como el color de las pinturas, las gaviotas revoloteaban por la arena, el sol parecía desperezarse esta mañana o que el tranquilo sonido de las olas era como una bañera a pesar que de fondo se escuchaba el romper contra las rocas. Tras aquel día entendí que si normalmente respiraba vida, al llorar se aferraba al aire.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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