"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

martes, 30 de septiembre de 2014

Amarla fue lo mejor y peor que nunca hice, eso lo sé.

Cuando papá se fue de casa llore como un niño de cinco años teniendo trece. Me culpe. Culpe a mamá. Le culpe. "Me verás los fines de semanas hijo, iremos de acampada, te llevaré a esas raras exposiciones que te gustan" dijo mientras yo lloraba. Mi hermana no entendió lo que pasaba hasta dos meses después y su padre no volvía del largo viaje de trabajo. "Mami ¿papá no va a volver?" lloró, mamá la abrazaba "¿Qué hicimos? Me portaré mejor, No discutiré con Dan, le diré te quiero todos los días, pero que vuelva...¿por qué no vuelve?" mamá solo la consolaba con palabras bonitas "Mamá, no lo entiendo" afirmé yo cansado de la soledad, la ignorancia y la culpa "os queréis, eso lo sé" entonces mamá nos sonrió a Lindsay y a mi de la forma más triste que nunca vi "niños a veces, a veces el amor no es suficiente". Muchos días miré a Sally con aquella frase resonando en mi cabeza. Los días que sus locuras iban más allá de mi capacidad. Los días que sus excentricidades sobrepasaban las mías. Los días necesitados. Los días de soledad. Los días que no sabía que clase de día sería. Hacía malabares intentando comprenderla, era agotador, era increíblemente frustrarte, la amaba más que a mi vida, eso, eso lo sabía. Sin embargo no podía hacer todo lo que me pedía. No podía estar ahí siempre. Ella no estaba las veces que la necesitaba porque su delirio llegaba en un momento inoportuno. Sin embargo me bastaba verla sonreír, o bailar bajo los rayos del sol con su pelo brillando al son de la música invisible. Dicen que las personas extrañas nos atraen, que los misterios por resolver son demasiado tentadores. El problema es que poco a poco me dí cuenta que jamás la resolvería, no del todo... por ello cada día esa frase se hacía más patente en mi cerebro "niños a veces, a veces el amor no es suficiente".
Habían pasado ya tres veranos desde que salíamos. Dos años de universidad. Un trabajo junto a un fotógrafo famosete. Ella estaba feliz por mi. Ella estaba parada en el mundo de Sally. Era socorrista en la playa cuatro días a la semana. Cuidaba de los críos de los vecinos otros. Sabía inglés, alemán, francés, español y estaba aprendiendo sueco. Sin embargo sus viajes, su deseo de recorrer mundo se veían aplacados cada día más por el miedo. Había vuelto a Inglaterra tres semanas en el año pasado estuvo más de medio año en Alemania. Este febrero se había ido por cuatro meses a Suecia, de ahí su nueva pasión. Pero seguía siendo la chica de los ojos turbulentos e impredecibles. Aquel día pasado el atardecer Nina llamo diciendo que llevaba sin saber de Sally desde la comida "estaba extraña, más de lo normal" dijo preocupada "prometió volver, siempre cumple sus promesas" aquello nos tranquilizo a ambos. Aún así la busque en su playa favorita, subí al acantilado encontrando solo restos de palitos rotos y pelados. Las tiendas, el parque, los escondites secretos, Babi (dormía con su novio), America pasaba el verano en Inglaterra. La encontré dos horas después en la playa pequeña del norte, nadie solía ir allí pues el agua estaba demasiado fría, además de ser más como una pequeña piscina. Allí estaba, mi pelirroja, nadando, cansada, brillando, riendo y bailando en el agua. La veía mejor a medida que me acercaba. Estaba desnuda, sus pantalones cortos, camiseta de skins, su sujetador de puntos y bragas negras estaban en la arena junto a sus converse.
-Sally.-grite aún demasiado lejos.-Sally.-repetí más fuere acercándome.
-Hola Danny.-dijo en un tono normal.-el mar está tranquilo esta noche, el agua templada y la luna casi oculta, es como un sueño, como una escena de cuento ¿no crees? Sería la foto perfecta.
-Sally, sal del agua y ven conmigo a casa. Tu abuela está preocupada. El abuelo también, solo tenía un hielo en el whisky.-aquello la hizo reaccionar y mirarme. Sus ojos azules brillaban con cierta luz verde bajo la pequeña luz del faro y mi linterna.
-Sin embargo.-se aclaro la voz intentando imitarme.-las mejores fotos son aquellas que no debemos hacer. Las que una cámara no puede captar del todo.-me sonrió felizmente.-métete conmigo Danny.
Este era uno de esos momentos. Solo quería meterme y sacarla en volandas para regañarla como a una cría de cinco años. No pude. Su voz me hizo desvestirme y entrar en el agua fría completamente desnudo.
-Pelirroja.-le susurre con los dientes castañeteando cuando estaba junto a ella. Ella me abrazo.-debemos volver a casa.-me miro divertida y triste como si ella supiese una verdad tan grande y obvia que era tonto que no la comprendiese. Se acercó aún más y me beso. Una, dos, las suficientes para entrar en calor, para que se olvidase que estaban en el mar a las diez de la noche, recordando más que nunca que estaban desnudos, solos y apartados de la civilización. Ella río contra su boca.
-Estoy más en casa de lo que nunca podré Danny.-le beso de nuevo pero tranquila y cariñosamente.-el agua.-se aparto moviendo las manos en círculos sobre la superficie del agua.-tú.-le rozó la mejilla.
Estuvimos allí, sumergidos en el agua hasta que mis manos se arrugaron tanto como un sharpei, lo suficiente para calentarme y enfriarme cuatro veces, para hacer el amor tres, para decirle cinco te quieros y un te amo. Ella me beso hasta que sus labios sabían más a mi que a sal. Me hablo con sinceridad, con locura, con la extrañeza que la caracterizaba y con unos preciosos cinco minutos de claridad total. Aquella noche me di cuenta de "la gran historia de amor" que éramos. Sin embargo mientras la secaba y vestía, mientras la dejaba en el porche abrazada por su abuela con la paz de quien recupera lo que temía perdido, mientras veía al abuelo asentir aliviado, temí por el posible futuro que me correspondía mientras me aferraba a la idea de ella para siempre con la certeza de quien sabe que hace lo correcto, que esa es su verdad hoy y para siempre. Pero al caminar a casa y ver a mamá sentada en el sofá viendo la película del viernes por la noche, mientras me daba el beso de buenas noches y sonreía recordé aquella frase. Aquel día dormí con el miedo a perderla, con el miedo de que quizás eso fuese lo que quería y necesitaba, aquella noche dí el primer paso de mi error.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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