"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Estaba condenada.

Hubiera hecho cualquier cosa que me pidieses. Eso es algo que sé y me tortura. Porque al decir "cualquier cosa" significa cualquier cosa, no es una forma de hablar. No. Para nada.  Eres la tortura mental más grande que jamás sufrí. Ahora, hoy cuando todo lo creía olvidado, cuando todo estaba atrás, pasado cerrado y sellado en un recuerdo, ahora, hoy algunas cosas han cambiado y no todo era como creía. Creía que eras pasado. Me gustaba ese tiempo verbal, me daba esperanza y futuro. Me daba algo que tú nunca me diste... una oportunidad más allá del juego. Por lo que ahora, hoy aún sabiendo la verdad, aún sabiendo la certeza de un presente vacío y un futuro inexistente, me pregunto ¿sigo condenada?

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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