"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Lo sé todo, pero me encantaría no tener que hacerlo.

La gente del pueblo se burlaba de nosotros cuando eramos pequeños, decía que eramos unos críos enérgicos con demasiado amor los unos por los otros, nos decían que los líos de faldas llegarían cuando fuesemos mayores y la amistad se rompería. Nos reímos de ellos. Les insultamos y miramos mal. Entonces hicimos un pacto. Mucho antes de empezar a salir, mucho antes de pechos, pelo en las axilas, voces graves y músculos desarrollados, antes de las hormonas y el dese o hicimos un juramento. Le robe alcohol a papá, no recuerdo cual, fuimos al lago cogimos una aguja y nos pinchamos un dedo, echamos cada una de nuestras gotas en la botella, la mezclamos, bebimos (repugnante y antihigienico) jurando "seremos amigos, familia, por y para siempre, da igual si nos besamos entre nosotros, da igual si se mezclan nuestras babas en boca agena, da igual quien diga que, dará igual si es amor o si es un juego, no importará siempre y cuando seamos nosotros. Entonces cuando lo olvidemos, cuando tengamos que limpiar nuestros pecados, nuestras mentiras, nuestras babas" reímos "beberemos juntos, como una familia" brindamos "Juramos ser nosotros. Da igual el tiempo, da igual quien venga, quien se vaya, que pase o que ocurra. Para siempre" asentimos todos "sino... que nuestro pelo se caiga, nuestra barriga salga y deberemos comer el asado de Felicia" repetimos todos y bebimos. Aquel día juramos lealtad. Amistad eterna. En ese día prometí que pasase lo que pasase aunque mi alma estuviese rota, aunque mintiese, engañase y babease ajenamente todo sería perdonado con un trago bajo la luna en el lago. Por ello, nunca pude odiar a Macon, por eso tuve que terminarlo todo con Arely, por eso sentía el dolor de la reparación a cada paso.
Caminas de vuelta a casa aquella noche, es casi Navidad y la gente ha vuelto al pueblo. El bar estaba repleto de estudiantes ansiosos de emborracharse y padres amorosos que echaban de menos a sus niños. Una noche divertida. Bromas soeces con Eric, bailes con Johnatan el pescador y el señor Tansy y sus tres hijos Victor, Ross y Tim. "No sabía que tocar el culo estuviese permitido" bramaban los chicos mientras bailais al tímido Ross. "Si jugaseis mejor vuestras cartas no tendríais que estar viendome bailar, habría lindas chicas en vuestros brazos" te burlabas. Baile, risas, charlas, alcohol y cansancio. La nieve había intentado cuajar en un vano intento, pero el frío te abrazaba desperatandote mientras iba a casa. Entonces la viste. Iba camino a casa. Macon no estuvo aquella noche, te dolió, ciertamente lo hizo... no tanto como esperabas.
-¿Como te va?-pregunta con sus ojos brillantes y sonrisa amable.
-Bien.-respondes distante.
-A mi también.-dice aunque no hayas preguntado.-Le quiero....-suspira sin pretender una informal y vanal conversación. Directo al punto.-a mamá le gusta. Incluso le ha invitado a cenar con nosotras.-ríe.-le quiere llevar a casa de los abuelos la próxima semana.-ríe.
-Aja.-respondes.
-Greta te echo de menos... quiero que vuelvas.
-No.-no la miras.
-Eres mi mejor amiga. Por favor.-niegas.-No me dejes. Por favor.
-No lo entiendes... me dejaste tu a mi.
-Jon vino a mi casa.-asientes.-si claro... te lo habrá dicho.-asientes.-me dijo cosas horribles.-asientes.-no se porto bien. Pero me hizo darme cuenta que yo contigo tampoco. Lo siento Greta. Fui una zorra. Pero... le quiero. Macon es el chico que quiero. Lo sabías.-la miras
impresionada. Claro que lo sabías joder, sabías que "le quería" que quería quererle, gustarle y adorar sus bonitos hoyuelos, sus brazos musculosos y su masculina voz, su maldito pene y todo lo que el chico implicaba. Sabía que hacía todo aquello. Pero también sabía lo bien que sabían sus labios, lo cálido que era abrazarse, lo mucho que adoraba oírla reír, sabía que le había dicho más de doscientas veces que la quería y veintiocho que la amaba. Lo sabía todo.-Echo de menos a mi mejor amiga, a mi hermana.
-Te voy a dejar algo muy clarito Arely. Tu y yo no somos hermanas, las hermanas no hace "eso" las hermanas no se besan así, las hermanas no se quieren como yo te quiero. Te quiero Arely pero te odio. Te odio. Te odio. Te odio tanto que no podrías entenderlo.


-Lo siento.-lloriquea.
-Me da igual si me echas de menos. Me importa una mierda que le quieras. No quiero saberlo. No quiero tener que oírle sobre como es el sexo contigo, lo sé. Aun menos oírtelo decir a ti. No quiero saber que tienes una cicatriz en el omóplato izquierdo porque lo se. No quiero oír que te ríes como una idiota cuando te besan en el cuello, porque lo sé. No quiero oír cuan feliz es contigo, por que lo sé. Pero aún menos quiero oír cuan importante es el para ti.
-Eramos amigas antes que nada. No puedes dejarme. Lo prometiste.
-No. No puedo. Pero la cuestión es que tu me traicionaste, tu rompiste lo que teníamos. Me rompiste a mi. Ahora que me intento reconstruir ¿vuelves?-suspiras agotada.-Jon tiene razón. No me merezco esto.
-Greta.-te toca el brazo y un escalofrío te recorre.
-Suéltame. Arely. No puedo ser tu amiga. No quiero.
-la apartas de un manotazo.-Así que el día que te des cuenta de tu error, el día que estés envuelta en los brazos del pobre y cabrón de Macon y pienses en mi.-la mira de forma desafiante a los ojos.- Estaré tan lejos de ti que no podrás volver a alcanzarme. Quizás yo este con una tía genial, una tía de pasarela que me quiera y le de igual quien cojones nos mire cuando la bese en la puerta de mi casa. Encontrare a la Portia de mi Ellen.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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