"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

viernes, 3 de octubre de 2014

El color de un ángel.

Eran una tonta pareja más. Ella le preparaba la cena cuando él volvía de trabajar, le planchaba las camisas y le daba un beso al salir por la puerta. Él le hacía café empalagoso mientras ella se acurrucaba en las mantas, le daba de comer al gato y le calentaba el agua de la ducha. Cuando él no estaba en casa ella sentía el peso de las paredes de ladrillo, se aferraba al pobre Ron como a su mantita de la infancia. Cuando ella no estaba él olía como un acosador su bufanda con olor a ella. Ella le mandaba estúpidos mensajes con tontas fotos, cortos, pero con un mensaje "te necesito", él contestaba cosas largas con palabras amables pero egocéntricas "te quiero". Las noches empezaban a ser demasiado cortas, los días demasiado largos. Unos días para Zoe vivir era tan difícil como respirar bajo el agua, se aferraba a su cigarrillo con dedos temblorosos "si solo le diese una tiradita, si solo encontrase una pastilla, si solo, solo, solo" pensaba su mente delirante, los labios apretados casi blancos, las manos vibrantes y los ojos húmedos a la vez que secos de emoción. Para Cain ver las vibraciones de vida era tan doloroso como si a Zoe le colocasen una pastilla en su palma, un niño corriendo a tal velocidad con una sonrisa, vida, vida, una mujer enamorada agarrada del brazo de su novio, un hombre alegre, vida, vida... sin embargo la triste emoción de la cruda realidad, aquella persona de corazón roto dispuesto a cualquier cosa, ese trabajo que no fue bien, esa discusión que te tiene confuso aquello era la miel más dulce, la amargura, la tristeza, su alimento, Cain notaba los temblores, notaba el miedo a caer. Ella y él eran lo mismo, seres atados a un ente más fuerte que ellos, una necesidad que se apoderaba.Su cura eran ellos mismos. Él besaba su cuerpo, arañaba su piel, seguía sus tatuajes hasta que quedaba empachado; ella se veía agotada por él, su vitalidad reducida a la mitad, era como estar colocada, cada beso, caricia, intenso movimiento la consumía. Ahora ellos eran lo único que necesitaban. Solo el uno al otro ¿no?
Aquel día Cain la encontró sentada en la ventana con una taza de café y un cigarrillo entre los labios, llevaba su mini-pijama de color blanco mientras miraba el cielo. Su vista estaba fija en un punto en concreto, ni siquiera noto como él se colocaba detrás de ella. Era un pájaro.
-Es bonito ¿no crees?-pregunto él tras quince minutos de quietud.
-Precioso.-sentenció.-volar, sería algo increíble ¿no crees? Si los hombres tuviésemos alas seríamos más felices.-él la mira sin saber responder.-¿Conoces algún ángel?-le mira ella con ojos esperanzados y brillantes con una emoción en su voz que pocas veces aparecía.
-Solo aquellos que han caido.-dice tristemente.- solo esos que vigilan a los demonios.

-Debe ser duro... perder tus alas.-asiente mirando el cielo con lo que podría ser una lágrima en el borde de sus ojos.-poder volar.-levanta la mano y empieza a moverla en círculos.-y de repente...-la eleva, la eleva aún mirando al pájaro.- caer. -deja caer la mano sobre la mesa resonando la taza.

-Es el castigo. Les quitan las alas condenándonos a la mortalidad y las dos piernas. Se convierten en seres nostálgicos, tristes e incompletos.
-Si ellos pueden vivir allí.-señala el cielo.-si pueden hacer lo que hacen, esto.-se toca el pelo.-esto no es más que un triste infierno para su condena.-él asiente.-¿es un infierno para ti?
-Para mi el infierno es mi hogar.-ríe. Ella le mira seriamente.-no hay ser que no quiera ver el cielo en este mundo, no hay nadie que no quiera ver algo bello y hermoso por muy malo, cruel, egoísta, demoníaco, maligno y azufrado este.-ella ríe mirando el cielo hipnotizada.-sin embargo, en toda mi larga, larga, laaarga vida.-ella le mira y él sonríe.-solo unas pocas veces he visto lo que puede ser el cielo, lo que creería que es un verdadero ángel.-ella le mira interrogante.-hace cientos de años una familia que me acogió, un niño que me consideró su padre, un lugar tan apartado del mundo que parecía el propio edén.-dicen sus ojos nostálgicos.-un sonido, un momento.-ella le mira con la misma intensidad que al pájaro volador.-con el tiempo es más difícil encontrar cosas que hagan que mi inexistente corazón y mi alma oscura se "agiten"-dice irónicamente.
-Debe ser bonito poder ver tantas cosas bonitas, aunque las cosas horribles, la soledad, la tristeza y la añoranza deben ser devastadoras.-le acaricia la mejilla.-eres muy fuerte mi Cain.-él le besa la palma de la mano.
-Mi último momento celestial...-dice recordando, sin fijar la vista en ella sino en las líneas que recorren su mano.-fue uno rosa.-levanta la vista encontrándose con sus ojos que brillaban de emoción con las lágrimas al borde de caer.-si.-ríe tocando su pelo.-una tonta y llorosa cosa rosa.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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