"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

domingo, 5 de octubre de 2014

Rascacielos venidos a menos.

El derrumbamiento de un edificio es una cosa tan monstruosa, expansiva, destructiva e inevitable como flipante. Puedes intentar minimizar el daño. Poner barreras para que la onda expansiva, los escombros, el polvo y todo eso que antes formaba setenta plantas ahora sean solo un montón de piedras tiradas en la calle. Lo puedes intentar. Se hace. Minimizamos el daño. Lo suprimimos. Pero sigue ahí. Lo vamos apartando poco a poco. Piedra a piedra. Hasta que al final... no queda nada. Aja. O eso pensamos, porque siempre estarán los cimientos sobre los que se irguieron, la tierra que una vez fue suya. Un día alguien pasará delante de donde estaba y sabrá que antes hubo otra cosa. Sabrá que hubo un antes, un antes quebrantado y destruido por una bomba, una bomba que intento destruir su rastro, no pudo.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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