"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

sábado, 28 de febrero de 2015

Verdad.

Dicen que la verdad da miedo. Dicen que ocultar la verdad no es mentir. Nos lo creemos, nos aferramos a esos pensamientos porque nos alivian, porque nos hacen sentirnos en armonía con nuestro ser miedoso y algo egoísta y porque valga la redundancia, son verdad. Hay días en que te escondes tras las mentiras y secretos, hoy no es de esos días. Es un día liberador. De esos en los que el miedo parece tan absurdo e incoherente como aquella época en la que pensabas que desaparecías jugando a cucutrastras. A veces solo necesitas dejar de complicarte, escuchar un momento a tu cabeza decir "¿por qué no? solo habla". En ocasiones puedes cagarla de forma espectacular digna de película pero cuando no, cuando ves que solo era el miedo el que te paralizaba y nublaba, solo hay que sonreír, respirar y aprovechar el momento.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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