"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

sábado, 21 de marzo de 2015

Hotel preconsciente.

Existen días en los que todo va bien, el sol brilla, más o menos, el mundo suena a tu al rededor. Los pájaros canturrean, los coches de la calle aceleran, escuchas la lluvia en la ventana, la música del vecino; pero ahí esta tu respiración, algo más pesada, algo más tranquila. Tus pensamientos, normalmente a una velocidad demasiado rápida ahora están a cámara lenta. El mundo esta bien. Tú estabas bien. Lo estas, más o menos. Porque sientes los demonios a los que tanto temes, en cada partícula de ti. Es como la calma en el huracán, es el silencio del bosque ante una catástrofe. Notas el escalofrío, tu sangre es más densa mientras tu piel parece pesar. Entonces aparecen. Los temes más que a nada en este mundo, pues no puedes controlarlos, no puedes huir, no puedes hacer nada más que esperar a que pasen, a que quieran huir. Intentar echarlos suele hacer que prolonguen su estancia en los bellos dominios de tu mente. "Bienvenidos amigos, tengo grandes habitaciones vacías, bien amuebladas aunque algo frías, espero que no os importe". Los ves en tus movimientos. En tu respiración. Los ves en tus ojos. Aprendiste, hace ya mucho tiempo atrás que no debes mirarlos, no debes sentirlos, no debes sumergirte en su mundo pues solo alargaras su estancia.
PD: Quizás AQUÍ encuentres el seguimiento del desvarío. Espero que me entiendas... aunque realmente sería mejor que no, ojalá no me entiendas... 

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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