"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

viernes, 3 de abril de 2015

Aburrimiento.

Benditas vacaciones. Hace buen tiempo, hace un sol esplendido y unos mágicos veintitantos grados. Es hora de sacar los pantalones finos y las camisetas de manga corta; de tirarte a ver cada serie, película y libro pendiente que tenías, bueno no nos pasemos solo es una semana. "Quizás si durmiese menos podría conseguirlo" pero duermes esas diez horas que normalmente son seis "Querida cama, sé que tu no me abandonaras jamás". Tus amigos no están porque han volado a sus nidos. Los viajes están descartados pues... toca estudiar "Maldita seas universidad solo quiero ponerme las gafas, el sombrero coger mi mochila y ver la arena" le dices a la pila de apuntes que solo parecen reírse de ti. Malditos. Has estudiado; te has replanteado tu vida ochocientas veces, pensado el futuro, el presente y el pasado, "mente entrando en autodestrucción en 3, 2, 1. Adiós."; has frikeado tanto que estás cansada de incluso internet "Era broma amigo. No te ofendas eh, no te quedes colgado que yo sé que estas ahí para mí, te quierooo" le canturreas al ordenador.  Has corrido, has hecho ejercicio y te inventas formas de cocinar más lento para matar el tiempo. "Dios enserio ¿qué me queda por hacer?". Miras el móvil esperando que tus amigos vuelvan, porque sabes que si no vuelven pronto, muy pronto llegará el punto en que vas a cantarle a tus amigas hazme un muñeco de nieve para llamar su atención.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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