"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Even big girls cry.

Desde que ella recuerda había escuchado: "las niñas grandes no lloran" le limpiaban las heridas mientras ella lloriqueaba adolorida tras caerse del columpio; "eres una niña fuerte" le susurraban mientras la vacunaban; "no tengas miedo" le habían dicho al no poder dormir por las pesadillas. Todo aquello se lo habían dicho tanto que ahora Julia seguía esas pautas como un mantra, pero a veces se le olvidaba, se venía abajo y se cansaba de tener que repetírselo. Pues al llegar a casa un manto de oscuridad la acechaba, el dolor de la cruda realidad le llegaba. Es duro mirar a la persona que debe ser tu pilar, esa persona que una vez te lo dio todo y fue como un superheroe para ti, esa persona que te mantendría a salvo del mundo... es duro verla caer hasta el fondo y no poder rescatarla de si misma. Lo intentó, aquella niña lo intentó cientos y miles de veces, secó sus lágrimas, la abrazó y estrechó entre sus brazos aún cuando ella misma sentía que podría morir. "Todo ira bien, no tengas miedo" le repetía mientras la consolaba, mientras le daba besos en la frente y guardaba su propia pena tan hondo que llegaba a olvidarla. La niña creció, siguió haciendo lo mismo. Se mantenía en sus dos pies de niña grande, sonreía y lloraba en la soledad. Feliz y entera, no es perfecta pero es fuerte. Esa era ella para el mundo. La fría, fuerte y feliz Julia. El tiempo a todos nos alcanza, así creció y creció nuestra pequeña. Una mujer. Más o menos. Aunque en su mente tenía demasiados años ya.
Sin embargo ahora había un problema, cuando esa persona lloraba Julia no sabía que hacer, "¿repetir lo mismo? ¿actuar como siempre? ¿digo las mismas palabras hasta agotarme? ¿cuantos sinónimos he usado ya?". Su frío corazón ahora era prácticamente hielo que solo el crudo calor descongelaba y los duros golpes desquebrajaba. La verdad difícil y sincera era lo único que sabía decir ahora, era lo único que le quedaba. Eso la aterraba más que nada. "Si no puedo ayudarla... si no puedo mantenerla ¿qué pasará?" Es impresionante como mirar aquellos ojos llorar, esa cara enrojecer hasta el extremo y su respiración cortarse en el hipo hacían que Julia se volviese cada día más fría y dura, pero a la vez hacían que la mujer se convirtiese en esa pequeña niña que rodeaba a su llorosa mamá con sus bracitos y susurraba las palabras que una vez ella le dijo.


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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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