"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 11 de mayo de 2015

No saber si estás en un carrusel o en la montaña rusa.

Al volver a la universidad las cosas tomaban una extraña rutina entre nosotros. Yo estudiaba, salía de fiesta con mis amigos, reía, respiraba, hablaba y vivía con gente totalmente ajena a ella. Era mi otro mundo. En cierta forma era un descanso de la intensidad. Una forma de vivir dos veces. Viajes espontáneos, planes absurdos, acabar semidesnudo en la puerta del piso con Jimmy y Ralf dormidos como troncos en casa. Sally y yo hablábamos todos los días por mensajes, cada dos días nos llamábamos por teléfono y los días que cuadrábamos conectábamos el skype. "Tienes el pelo más largo" me decía "la próxima vez que vengas te lo cortaré". "Mira las fotos tan geniales que hice el otro día" "Mamá me ha comprado un jersey horrible, dice que lo ha tejido ella para que me lo ponga, se le olvidó quitar la etiqueta interior" reíamos y hablamos como si no estuviéramos a kilómetros de distancia. Echaba de menos tocarla. Echaba de menos oír su risa más allá de un "jajajaja" del whats app o el sonido distorsionado de la red. Iba a ir a verla en dos fines de semana en cuanto terminase un proyecto que tenía entre manos y celebrásemos el cumpleaños de Oscar. Entonces apareció. Una preciosa Sally con los ojos como platos de un verde brillante, demasiado brillante con motas grises parada con una mochila, un vestido y un abrigo con su larga larga melena roja en la puerta de casa.
-Danny.-grito Ralf.-creo que es tu novia.-escuche a su voz decir, no lo asimilaba. Jimmy se giró del sofá inmediatamente.
-Wow está más buena que en las fotos.-escuche como se reía nerviosamente.-pasa pasa.-la invitó.-Sino eres su novia eres una pelirroja muy atractiva invitada a ser nuestra compañía.-río más alto.
-Soy Sally.-me gire y la vi. Estaba paralizado.-la novia de la estatua.-sonrío.-Sorpresa.-abrió los brazos con una sonrisa ladeada.
-Una enorme.-dije lentamente-pensaba que tus abuelos no te dejaban venir.
-No lo hacían.-dijo dejando su mochila en la esquina del sofá.-pero tras una pequeña pelea, muchas suplicas y mi palabra de que no volvería embarazada me dejaron venir.-sonrío muy ampliamente.-entonces...¿cuál es el plan? Me vais a llevar a una enorme fiesta, darme chupitos, dejarme bailar como loca hasta caer borracha en la cama después de un salvaje sexo.-bromeo. No era broma. Conocía ese tono en su voz. Mientras Jimmy y Ralf reían, decían tonterías sobre que un tonto como yo no tendría que estar con ella, que la llevarían a mundos fantásticos etc, me paralice. Esa era la Sally loca. La Sally excéntrica, más de lo normal, la que hacía cosas sin pensar, la que solo actuaba. "¿La habían dejado venir de verdad?"
-Sally.-me levante.-vamos a mi cuarto.-cogí su mano y la mochila del sofá.-os vemos luego chicos.-les sonreí de forma amable y sugerente intentando aparentar normalidad, evitando mi pánico.
-Clarooo. Vámonos Jim.-le dio un codazo Ralf.-habíamos quedado hace veinte minutos en el bar con los chico.
-Un placer Sally.-repitieron los dos a la vez mientras salían por la puerta.
-Muy majos.-me miró Sally.-Hola.-me dijo acercándose a mi cuello.-Hacía mucho que no te veía, casi dos meses.-me beso el cuello.-mucho mucho tiempo.-se quito el abrigo.-primera locura sería estrenar el sofá. Luego me enseñas el resto de la casa.-susurro en mi oreja de forma sugerente. Asentía como un idiota por el calentón momentáneo.
-Sal....-suspire.-¿te dejaron venir de verdad?-pregunte mientras mi voz interna gritaba "gilipollas".
-Claro.-casi oigo el llanto.-¿dices que miento? La abuela me dejo venir.-grito.-no miento. Yo no miento. Me dejo venir.-me miro enfadada.
-Vale, vale.-la agarre de la cadera.-lo siento, lo siento.-le bese la frente.-perdona, es que era raro.-reí restándole importancia.-Nina permitiendo que vivamos en pecado.-río.-eso es.-le sonreí mirándola a los grandes grandes ojos turbulentos. Les temía a ellos más que a nada en el mundo.-vamos la bese. Una y otra vez hasta que se medio calmo y dejo simplemente llevar.
Me gustaría decir que la cosa se simplifico. Sin embargo fue el inicio de un jodido tornado....
PD: Continuara...

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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