"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 25 de mayo de 2015

Siempre me gustaron las películas en blanco y negro.

Eran las 23:45 de un jueves. Estaba sentado en mi mesa de siempre removiendo mi café descafeinado y una bolsita de azúcar cuando la vi entrar. Tenía las piernas largas sobre dos tacones de quince centímetros de color rojo a juego con su pintalabios. Llevaba un vestido negro muy corto de tirantes que resaltaba su clavículas y el tatuaje de debajo de ellas. Tenía el pelo negro corto y un flequillo esponjoso. Emitía una sensación de seguridad pero de que podría caerse en cualquier momento. Todo el mundo se giro a contemplarla, ella sonrió ampliamente y se sentó en la mesa de enfrente.
-¿Qué desea?-pregunto Spencer con más cariño del que me preguntaba a mi.
-Hola.-le sonrió ella de esa forma de las películas antiguas en blanco y negro donde una mujer elegante y preciosa podía tener a un hombre a sus pies con batir las pestañas y mover el pelo.-Spencer.-leyó su placa.-quiero un chocolate caliente, un pastel de..-miró a vitrina.-el más rico que tengas.-afirmo.-y el bote de azúcar por favor.
-Claro cielo.-asintió.
La chica desconocida se sentó e irguió en la silla como si fuera un trono. Desprendía esa sensación de conquistar el mundo, pero cuando me miró directamente era como si sus ojos mostrasen todo el cansancio que tenía, todo lo que no decía y lo que sentía. No lo entendía, pero lo podía ver. Me vio mantener la mirada descaradamente "a veces no entiendes de límites" solía decir mamá. Ella sin embargo se rió al verme analizarla tan obviamente. Spencer trajo su chocolate, el bote de azúcar y un trozo de pastel de manzana. Cogió dos cucharadas soperas de azúcar al ras y las removió en el chocolate. Dio un sorbo y se relamió los labios con tanto gusto que me dio envidia. Devoró la tarta y tomó tranquilamente su chocolate mirándome de vez en cuando analizarla por debajo de sus larguísimas pestañas.
-Hey chico guapo.-levantó la vista mirándome directamente.-vas a hablarme en algún momento o quedarte observándome comer toda la noche.-me puse rojo a niveles insospechados sintiendo la cara y orejas calientes. Ella río y río de forma escandalosa. Tomo aire y se levanto con su taza de chocolate sentándose en la silla de enfrente.-yo chico asustadizo y adorable.-me tendió la mano alegremente.-soy Nova.
-Remi.-dije con un semi nudo en la garganta estrechando su mano delicada y pálida.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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