"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

sábado, 15 de agosto de 2015

Escucha mi bajo, quizás te enamores de él.

Cuando escuchas una canción ¿a quién prestas más atención? Cuando vas a un concierto ¿a quien miras? Cuando dices quien te gusta del grupo ¿a quien recuerdas mejor? Guitarrista, cantante, batería... pero el bajista suele quedar en un plano profundo, muy por debajo de todo el ruido, componiendo la base y estructura. Quítalo y no sonara igual, sabrás que falta algo, aunque quizás no sepas qué. Hay veces que me siento la bajista de mi vida. No debería ser así. Son buenos. Son importantes, jodidamente importantes. Son poderosos, son claves para el grupo. Entonces... ¿por qué parece que el mundo los ve solo como soporte la mayoría del tiempo?  Por lo que esta noche te pido que estés atento a mi voz, oigas la profundidad de las notas y al final de la canción tras haber escuchado mi bajo... aplaudas.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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