"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 10 de agosto de 2015

Por quien doblan las campanillas.

Tras aquella noche cada jueves veía a Nova en la cafetería, mientras yo removía mi café y paseaba los ojos por el libro que tocase aquella semana ella hacía sonar la campanilla, tamborileaba el suelo con sus duros tacones y se sentaba enfrente de mí con su amplia sonrisa, su pelo esponjoso y su maquillaje perfectamente pintado. Ella se había convertido en una constante en mi rutina. Una brillante y extraña. Decir que me enamore de ella sería una tontería. Nuestra historia no es de amor. Cualquier hombre con sangre en las venas, más de una neurona y un poco de impulso sexual enloquecía por ella. Yo lo hice. De miles de formas distintas, ¿amor? no podría determinarlo así. Ella era mi amiga y quiero creer que yo el suyo. Hablábamos de cine, de series, de libros y música. Me contaba anécdotas tontas sobre gente que le parecía curiosa en la calle, solía reírse de mis manías o soltaba números espontáneos haciendo el conteo de mis acciones. Yo le hablaba de mi trabajo, de mi madre y de mis escasos amigos.
-Eres un tipo raro Remi. Uno de los buenos.
-Gracias.-sonreí sin saber como responder realmente.-tu eres una chica única Nova.
-Eso me han dicho.-se recuesta sobre la silla y me mira divertida por encima de su taza.-me da valor.-río como una broma interna.
-Normalmente no te entiendo del todo.-reconozco cogiendo un trozo de tortita.
-Normalmente yo tampoco lo hago.-me susurra como si fuera el gran secreto. Le dio cuatro largos sorbos a su taza, la rebaño con la cuchara y se limpió cuidadosamente los labios.
-¿Te vas ya?-ella asiente.
-Hay que trabajar, mi jefe me matara sino cumplo el horario.-se levanta arreglándose la blusa bien por dentro de los pantalones.
-Necesita a su bella representante para atraer a la clientela.-ella me dio una media sonrisa y un beso en la coronilla, ese era un nuevo hábito suyo.
-Eres un chico dulce Remi y un hombre aún mejor.-dejo un par de billetes en la mesa pagando ambas cenas.-hoy invito yo. No discutas.-asentí.-bien.-asintió y se giro con paso firme a la puerta.-¡Adiós Spence! Hasta el próximo jueves.
-Adiós.-murmure cuando la campanilla anunciando su salida volvía a sonar.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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