"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

martes, 15 de septiembre de 2015

La sombra de un cisne.

Sentada ante mí en ese banco acolchado frente a una mesa de madera, Nova convertía aquella cafetería en pequeña. Ahí estaba ella con su pelo trenzado, sus sandalias de tacón y un mono negro largo que dejaba ver un escote que no podía evitar mirar haciéndola reír. Iba maquillada con sus labios rojos y los ojos claros. "Nunca lleva demasiado" pensé. Hablaba y hablaba sobre como amaba la tarta, sobre como el chocolate que tomaba no tenía demasiada azúcar y solo el punto exacto, "¿cuando te veré aquí con una chica guapa?" me pregunto por décima vez desde que nos conocíamos. "¿Cuando te acostarás tu antes de las 3 de la mañana?" le preguntaba haciéndola sonreír de forma extraña.
-¿Ocurre algo?-intente tantear al ver su gesto.
-No siempre quise trabajar de noche ¿sabes?-me sonríe más tranquila.-cuando era pequeña quería ser bailarina. Mi madre me apuntó a ballet con tres años.-se le iluminó el rostro.- "Bailabas antes de caminar" solía decir.
-¿Qué pasó entonces? ¿Sigues bailando?-ella rió de forma sonora provocando que la gente se girase a vernos.
-A veces. -sonríe tristemente. -aprendí contemporáneo, mi gran pasión.-dice con sorna.-y con los años street e incluso algo de break dance.-ríe.-pero los sueños a veces no pueden cumplirse.-bebé de su chocolate.-mamá murió.
-Lo lamento mucho Nova.-digo de forma automática "es lo que se dice" pienso removiendo el café.
-Tres veces más.-mira mi café. Levanto una ceja "¿qué?"-nada.-niega con una media sonrisa.-lo deje, el baile cuesta tiempo y dinero que no teníamos. Tenía una hermana de ocho años. Trabaje y trabaje como una loca y pedí su custodia dos años después, al cumplir los dieciocho.
-Podrías haberla dejado y cumplir tu sueño.-asiente.
-Lo demás es historia...-se señala antes de beber de nuevo un largo sorbo de chocolate.
-¿Donde está ahora tu hermana?
-Vive con su novio en Irlanda.-sonríe ampliamente, fue la primera vez que la vi verdaderamente feliz.-tienen una casa, un perro y un anillo en el dedo.-ríe.-se casan en cinco meses, lo hice bien.-asiente.-es un buen tipo con una gran gran familia que la quieren como si fuera de ella.
-Lo será.-digo intentando animarla.
-Cierto.-creo notar algo de "dolor o tristeza"-por mi querida hermanita.-brindamos y bebemos el final de nuestras tazas en silencio.
-¿Eras buena no?-pregunto tras demasiado tiempo callados y verla mirar el final de la taza firmemente. Ella asiente.-¿lo echas de menos?
-Sabes hay gente que jamás, jamás encuentra lo que quiere hacer en esta vida. Nunca tienen nada que les apasiona hasta el punto de vivir por esa cosa, aunque suene exagerado. Yo me destrozaba los pies, me los vendaba, sangraba y se me caían las uñas.-ríe.-tuve que ponerme agua fría y caliente tanto en el cuerpo que deje de sentir la temperatura. Me dolían los músculos de una forma que debería ser tortura pero yo amaba cada maldita cosa, la amaba. No lo echo de menos Remi... es como si me hubieran arrancado las piernas.-una pequeña lágrima fría, densa y dura cae de su ojo izquierdo.-una toma elecciones mejores o peores, tengo que vivir con ellas.
-¿Te arrepientes?
-A veces.-afirma cogiendo un trozo de chocolate del muffin.-a veces.-repite lentamente.-pero cuando veo a esa tonta.-muestra un atisbo de sonrisa.-sé que hice bien. Jamás me habría perdonado sino.
Aquella noche aprendí dos de las cosas más importantes sobre Nova. Estaba más jodida y rota de lo que había creído en un primer momento, pues su vida no era la maravilla que me hizo creer al inicio y amaba a su hermana más que a nada en este mundo.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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