"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

jueves, 22 de octubre de 2015

Un profundo y triste vacío.

El mundo colapsa a su alrededor, es como ese momento en el que tocas una ficha de domino y todas las demás caen, es como un estar el ojo del huracán, es como darle a un loco psicópata un bate y una habitación llena de cerámica y cristal... Ella ve todos los trozos caer, lo ve todo caer y caer, destruirse mientras está ahí quieta en el centro de todo, intentando que los fragmentos no la dañen, evitando que las piezas formen un desorden, evitando que las casas se derrumben y los cimientos se rompan. No tiene suficientes brazos. No tiene suficiente fuerza, no para eso. Le pesa el cuerpo, le duelen las piernas y su respiración solo es un mero soplo. Quiere llorar, quiere gritar, pero no puede. Tiene que aguantarlas, tiene que soportarlo todo mientras el dolor llega, mientras se corta, mientras se le desgarran los músculos, mientras su mente parece estar apunto de explotar. Entonces es cuando llega... ese pequeño click. ¿Sabes ese momento en el que algo duele tanto que deja de doler? A ella le pasa lo mismo cuando siente demasiado, cuando no lo puede soportar más, cuando el dolor parece apunto de apoderarse de cada fibra de su ser... llega ese click. Un interruptor. Un momento. Un pestañeo y ves cada sentimiento cruzar sus ojos. Un pestañeo y no ves nada.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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