"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Polvo y grilletes ahogados en un mar rojo.

En tiempos inmemoriales donde los hombres eran simples peones de los dioses, en años en los que el tiempo era solo el día o la oscuridad, en una vida en la que la magia existía y los demonios invadían la noche... ella nació. Era una pequeña niña de piel morena y pelo rubio dignos de una valquiria, con ojos tan azules como el cielo o el mar. En otra tierra hubiera sido amada y alabada, hubiera sido "una hija de Odín". Pero no fue así. El norte corría por sus venas, pero nació muy lejos de aquello que podría haber llamado hogar. La condenaron a la muerte. Extraña. Bella. Demonio. Bruja. Abominación. Maravilla. La niña fue desechada. Creció en las calles más profundas, ruinosas y sucias; entre las sombras del día y el miedo de la noche, aprendió a sujetar un cuchillo antes que a caminar, supo que llorar conllevaba golpes más que piedad, aprendió que los dioses son egoístas y que las personas buenas escasean en lugares como aquellos y que cuando las encuentras debes protegerlas. Ella no era una buena persona. Nunca nadie supo el nombre que tuvo al nacer, quizás ni siquiera lo tuviera. La llamaron niña, estorbo, demonio o pulga, pero creció en el lugar donde no solo la noche da miedo... y ahora la llamaban "Ata, la encarnación de Atenea". Luchaba y luchaba. No conocía más forma de vivir. Pero la encontraron, hombres peores que los dioses más crueles. "Una diosa en la tierra" citaron los tratantes al venderla "más fuerte que cien hombres". Fue vendida al mejor postor. Después de aquello su vida no era suya, o eso decían, su vida tenía un precio menor que su sangre. Durante ocho años lucho por su vida en las tierras de la arena. El polvo y la sangre siempre habían sido sus compañeras, desde el día que nació. El aire puro era tan desconocido para ella como su nombre, pero ahora se aferraba a ellos para vivir con tanto dolor que en las noches en su "celda" pensaba "los dioses deben estar divirtiéndose de con estos juegos... nunca acaban". Quiso comprar su libertad. Si algo había aprendido de su burda existencia, es que al menos era suya. Era lo único que había poseído nunca. Se ganó su libertad. Murió. Se convirtió en un mito de las callejuelas de los huérfanos y una leyenda en las arenas del mundo. Ata la diosa roja de la arena.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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