"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

martes, 26 de enero de 2016

Nonno.

La memoria es traicionera, la memoria te juega malas pasadas, la memoria hace que un día fácil sea uno jodido... pero los recuerdos hacen que llorar o reír de repente tengan sentido, que el dolor de tu pecho un motivo. Esta noche encontré una foto suya, él ya no esta, se fue, para siempre, dicen que a un lugar mejor, de eso hace mucho tiempo ya. No debería llorar pienso. Es imposible. Las lágrimas caen con tanta simpleza que es casi bonito. Recuerdo como se sentía su mano encima, recuerdo como acariciaba a aquella gata que tanto amaba con unos ojos que decían más que cualquiera de sus silencios, recuerdo su sonrisa, recuerdo sus gritos, sus manos enormes y duras como la piedra, recuerdo al conejo de tamaño desproporcionado, la casa, el tacto del sofá y el olor del taller. Todo eso me hace llorar. Es inevitable. Recuerdo que me quería. Recuerdo que le quería, le quiero. Recuerdo el dolor de cuando se fue, recuerdo el miedo de no volver a ver a nadie nunca más. Nunca es demasiado tiempo. Nunca es un para siempre difícil de entender y aún más de aceptar. Sin embargo esas cosas me hacen sonreír, y sí... algunas veces llorar... sin embargo son lágrimas de sabor agridulce repletas de felicidad teñidas de dolor, sin embargo hay unas que duelen de verdad, pues son aquellas que aparecen cuando no puedo recordar, casi no recuerdo el sonido de su voz, no recuerdo su olor, no recuerdo que fue lo último que me dijo, no recuerdo lo último que le dije... solo espero que fuera algo similar a un te quiero o al menos un silencio equivalente.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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