"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 10 de octubre de 2016

Décadas que se hacen cortas

Recuerdo tener quince años y costarme hablar y reír, sin pensar cuarenta veces que debía o no decir, por eso solía callar. Recuerdo ser pequeña, sentirme pequeña y sentir envidia de aquellos que no. Recuerdo creer ser menos que todo aquel que me rodeaba. Recuerdo el dolor. Seguramente todos nos hayamos sentido así alguna vez ¿no? 
No os equivoquéis, fui feliz, durante muchos momentos de esa enfermedad llamada adolescencia fui jodidamente feliz, todo gracias a unas personas que gracias a los dioses siguen en mi vida. Gracias a ellas ahora se que mis palabras no son absurdas, y que aún siéndolo pueden ser escuchadas sin prejuicios. Por ellas ahora no me siento tan pequeña ni tan asqueada con la vida. Gracias a ellas río hasta que me duele la tripa acabando tirada en el suelo.
Durante años y lo que es más de una década he estado con unas personas que jamás pude soñar y nunca podré olvidar, esas personas con las que te ves a los cincuenta, tu futuro "para siempre" no es un hombre o mujer a tu lado meciendo a los niños en el columpio, es unas risas alrededor de una buena comilona, unas cervezas, un vino y un Nestea frío junto a unas mujeres a las que no tienes que contarle tu vida, la han vivido contigo.
Sí, puede que discutamos y queramos matarnos a veces, muchas veces. Puede que nos llamemos pesadas o cansinas, me aburres hoy, o tonta. Sin embargo lo hacemos justo por eso, porque podemos, porque decirlo esta permitido, porque no significa nada más que demasiada confianza y mucho amor. Quizás ninguna termine de creer en eso del amor tras tanto corazón roto o tanta historia fallida, pero entre nosotras existe en mayúsculas y letras de neón. 
Sé que si me dejaran cambiaría miles de cosas en mi vida, pero a ellas jamás.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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