"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Nunca fue asidua a los hogares...

Julia vivía en una casa de cuatro paredes y un techo. Muchas habitaciones y numerosas alfombras. El suelo siempre brillante, las ventanas relucientes y un claro olor a limpio que impregnaba aquel lugar. Amaba el detergente que su madre usaba y sin él su ropa era extraña.
Sin embargo, a pesar de todo aquello.... a pesar de que en cierta forma si alguien le decía eso de "un hogar" la imagen de una puerta y un felpudo de hojas llegaba unido a ese tenue olor llegaba a su memoria, la sensación de las sábanas calientes y lo mullido de su cama la recorrían, a pesar de todo, a pesar de los dulces recuerdos.... la energía abrumadora, la tristeza de los recuerdos y esa esquina maldita hacían que no fuese asidua a aquel sitio que llamaba hogar.
Antes mucho antes había una alfombra que corría a saludarla apenas sacaba sus llaves, una risa que resonaba cuando veía una película en el viejo sofá, o noches haciendo puzzles en las que se dejaba los ojos. Eran buenos tiempos. Tiempos que quedaron en el pasado haciendo que el peso del presente pesará más.
Sí, Julia no era una chica asidua a los hogares. Quizás por eso ansiaba tanto encontrar uno.

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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