"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela, su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio.”-Carlos Ruíz Zafón, El Juego del Ángel.

lunes, 22 de mayo de 2017

Si el mundo no atacara, no necesitariamos un escudo.

He sido llamada fea, flaca y gorda, baja y alta.
Me miraban en vestuarios con ojos de águila analizando cada parte de mi piel expuesta, intenté esconderme tras las puertas de los baños asustada de que mi pecho no fuera demasiado, de que mi culo era demasiado grande, o de ese pelo que se me había olvidado depilar.
Mis bragas eran de niña y mi sujetador inexistente.... lo siento amigos... el encaje no me llegó hasta los diecisiete. No llevaba rimmel, eyeliner, sombras o colorete, si eso unos polvos de mamá para parecer menos triste. Me han llamado tímida, callada, infantil, rara, distinta, extraña... pringada.
Son cosas de críos dice el mundo. Son cosas de la edad que se establecen como normal. "El fuerte contra el débil" "El guay contra el pringado". Son cosas que tienes que aguantar para crecer, para volverte fuerte. Gilipolleces.
No te equivoques, no he sido herida más que por el peso de las miradas y las palabras. He callado y ocultado quien era hasta que me dí cuenta lo bien poco que me importaba la opinión del mundo.
He tenido amigas que me han hecho darme cuenta de lo maravilloso que es ser uno mismo, al igual que otras me han hundido. No siempre era su culpa, a veces las personas no sabemos cuando herimos y otra que lo sabemos demasiado bien.
Con el tiempo aprendí que no debo callar, que no debo ser el cachorrito asustado con las orejas caídas esperando que pase la tormenta. Aprendí a tener una voz tras el escudo.
Sin embargo, con el tiempo también he aprendido que el mundo tiene que empezar a dejar de educar a la gente para que acepte y sepa llevar el dolor, los conflictos y las malditas ostias. El mundo tiene que empezar a enseñar a que la gente acepte al resto de personas sin importar como sean, a enseñar a no herir, a no destruir a no atacar.
Si todas las personas tuvieran eso que llamamos "humanidad" el mundo sería un lugar mejor.

1 comentario:

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Desde hace mucho estoy condenada a una cárcel de palabras, en la que cada vez me hundo más. Mi alma tiene un precio, todo lo que soy son trocitos desperdigados, fragmentados, escondidos. Mis palabras se han convertido en los susurros de un pez sin lengua ¿los oyes?

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